sábado, 6 de junio de 2009

El destino y Malcolm Lowry


Elegía sobre Malcolm LowryJuan Villoro (*)


En 1933, el año en que publicó Ultramarina, su primera novela, Malcolm Lowry entró a un restaurante de Londres donde almorzaba el escritor Arthur Calder-Marshall. Lowry apenas conocía a su colega; su único vínculo era que compartían como editor a Jonathan Cape. Sin embargo, se dirigió a la mesa de Calder-Marshall y se desplomó en una silla. Lowry llevaba equipaje, como si se dirigiese a una estación de trenes y sólo hubiera entrado al restaurante al ver a un conocido por la ventana. Con voz tan revuelta como su pelo rubio, explicó lo que pasaba: “Tengo un conejo muerto en la maleta”.(Lea también: Poemas de Malcolm Lowry)Dos noches atrás, Lowry había bebido en casa de unos amigos, frente a la chimenea, mientras acariciaba al conejo que ellos tenían como mascota. De pronto, sintió un peso muerto en su regazo. Sin darse cuenta, había estrangulado al animal con sus manos de levantador de pesas. Agobiado por la culpa y la desesperación salió de ahí y durante dos días recorrió Londres sin saber cómo deshacerse de su víctima. Calder-Marshall pidió al mesero que se llevara el conejo.Lowry se sorprendió de que la pesadilla terminara en forma tan fácil. Meses antes había derribado un caballo de un puñetazo. Esta prueba inútil de su fuerza lo llenó de remordimiento durante mucho tiempo. Lowry parecía estar en el mundo para destrozar lo que tocaba. Sus ropas olían mal, sus uñas tenían tendencia a estar sucias, sus parrandas comenzaban a confundir los días con las noches. Aún no cumplía veinticinco años y ya insinuaba su trágica leyenda. Sabía tocar el ukelele y esto alegraba las reuniones, pero una furia interior lo calcinaba y lo volvía inolvidable de un modo muchas veces aberrante. El proceso de demolición había comenzado. Catorce años después, en 1947, los lectores conocerían ese incendio como Bajo el volcán.No siempre Malcolm Lowry fue el desesperado que se sujetaba el pantalón con una corbata, pero siempre contó sus peripecias en la forma que más lo incriminara. Su biógrafo Douglas Day escribe al respecto: “Es muy posible que Lowry quisiera realmente construirse una infancia infeliz. Y, una vez más, lo que nosotros quisiéramos saber es por qué deseaba hacerlo. ¿Para añadir un toque de patetismo a su autobiografía, como dijo a sus esposas y amigos?”.Encandilado ante las posibilidades que la vida y el arte ofrecen para arruinarse, Lowry comentó en una carta a propósito de Melville: “Por alguna razón, su fracaso ejercía en mí una fascinación absoluta, y me parece que desde muy temprana edad estuve determinado a emularlo de cualquier modo posible”. No hay duda de que cumplió su propósito de modo sobresaliente. Lowry fue el cuarto hijo de un próspero comerciante de algodón; destacó en los deportes (a los quince años fue campeón escolar de golf en Gran Bretaña); su padre lo apoyó en su aventura como marino de ocasión (seis meses a bordo de un carguero), lo mandó a estudiar a Alemania y le otorgó una beca casi de por vida. Sin mayores méritos académicos, Lowry se graduó en Cambridge.Fue querido por dos esposas y encontró en el poeta y novelista Conrad Aiken a un maestro y tutor que supo sobreponerse a las locuras de su discípulo. Todo esto apunta a la construcción de un destino bastante sólido. Sin embargo, en contra del viento que soplaba en su favor, Lowry hizo del desastre una cuestión de método y no se privó de ninguna dolencia real ni imaginaria. Según su testimonio, estuvo a punto de perder la vista en la infancia por una enfermedad (su hermano Russell lo desmiente en Malcolm Lowry Remembered; de manera reveladora, la amenaza de la ceguera es uno de los pocos rasgos que Malcolm no atribuye a su álter ego Geoffrey Firmin, protagonista de Bajo el volcán).Abundan los ejemplos de paranoia en su destino. Durante décadas, temió ser sifilítico sin disponer de otra evidencia que su alarmada visita a un museo médico. Auténticos, en cambio, fueron su alcoholismo, su incapacidad de trabajar, las terapias salvajes a las que se sometió (de la estricnina a los electrochoques, pasando por el encierro de veintiún días en una habitación sin ventanas, con un foco rojo permanentemente encendido), el incendio de su casa, el continuo extravío de manuscritos, sus problemas con la justicia mexicana, la expulsión de Canadá, donde pasó sus años más felices y fecundos, por “colonizaje ilegal”, y la muerte por ingestión de barbitúricos en 1957, a los cuarenta y ocho años.La falta de reconocimiento fue otro tipo de problema real. Ultramarina se publicó sin pena ni gloria y la tercera versión de Bajo el volcán fue rechazada por trece editores. La cuarta, que hoy podemos leer, se publicó luego de vencer la resistencia del editor Jonathan Cape, quien pensaba que el autor valía la pena pero su libro era confuso y prolijo. En forma típica, Lowry convirtió el triunfo tardío en otra caída, según revela en el poema Después de la publicación de Bajo el volcán y donde afirma (en versión de José Emilio Pacheco): “Es un desastre el éxito. Más hondo que tu casa entre llamas consumida…”De acuerdo con Martin Amis, la innecesaria tendencia de Lowry a plagiar revela el alcance de su masoquismo. Tarde o temprano, el plagiario es descubierto: el verdadero móvil de su transgresión no es engañar sino humillarse al ser desenmascarado. En su continua victimización, Lowry incluso exageraba sus deudas literarias para sufrir más de lo que merecía. A propósito de Ultramarina, afirmó que había copiado a Conrad Aiken y al olvidado Nordahl Grieg. La mayoría de las veces se trataba de influencias asimiladas a su propio estilo. La biografía de Lowry es una extensa patología. El narrador identificaba el talento con la enfermedad. De manera emblemática, el protagonista de Ultramarina repudia el mundo de inacción y dipsomanía que le resulta necesario para escribir y opta por la superioridad moral de quienes trabajan a la intemperie con sus manos. La adicción y el genio aparecen en su mente como formas gemelas de castigo. Lowry no pudo librarse de ninguna de ellas.Aunque se divierte mucho, sonríe al modo de un zorro en medio de sus descalabros, encuentra ingeniosas formas de reconciliarse con las personas que ofende y escribe una obra poderosa, sus días son, como dijo Margerie, su segunda esposa, una manera de “incendiar el infierno”. Uno de los aspectos más perturbadores de esta trama es que la mayoría de sus trágicos episodios tuvieron un arreglo posible. Cuando el editor de Lowry perdió el manuscrito de Ultramarina, él se incriminó por no haber conservado una copia. Todo parecía perfecto para alimentar las culpas del masoquista, pero un amigo había guardado una versión anterior que permitía reconstruir el texto.Una y otra vez Lowry es salvado por el destino. Bebe en plan suicida, pero dispone de una excepcional constitución que le permite morir con el corazón y el hígado casi intactos. Se siente humillado por el tamaño de su pene, pero encuentra mujeres atractivas que desean compartir la vida con él (entonces se embriaga hasta la impotencia para asegurar su derrota sexual). Su primera esposa, Jan, se cansa del abandono y, como Yvonne en Bajo el volcán, establece relaciones con los hombres a los que la dirige su marido. Pero Margerie ama a Lowry incluso por sus defectos, y él no consigue perder a quien más necesita.Lowry busca cerrar la puerta que la fatalidad insiste en abrirle. No es casual que la terrible historia de un hombre con estupenda estrella haya atraído a grandes biógrafos. En 1973, Douglas Day recreó esta trama con excepcional impulso narrativo y minucioso sentido de la investigación. Un problema del libro es que depende de una fuente básica de información, Margerie Bonner, entonces todavía viva. La segunda esposa de Lowry superó con valentía los obstáculos que el decoro podía imponer para contar una vida como la de su esposo. De cualquier forma, brinda una versión personal de los hechos, no siempre confirmada por los demás testigos. En el plano interpretativo, Day cede en exceso a la tendencia, entonces muy en boga, de psicoanalizar a su personaje como alguien con distorsiones edípicas, pero no lo reduce a un caso clínico: Lowry emerge con las ricas contradicciones de un vendaval humano.Veinte años más tarde, en 1993, Gordon Bowker encontró fuentes que completaban la tormenta. Sus abrumadoras evidencias integran Pursued by Furies, biografía menos atractiva desde el punto de vista literario, pero que deja una convincente impresión de saciedad. El expediente de Lowry ya tiene más datos de los necesarios para comprender su brillantez y su desplome. En el prólogo a la edición póstuma de la novela Oscuro como la tumba donde yace mi amigo, Douglas Day alude a una peculiaridad: “Por principio de cuentas, debemos considerar que Malcolm Lowry no fue en realidad un novelista, o sólo lo fue por accidente”. Bajo el volcán es un caso superior de la novela, pero su autor concebía la escritura como un inacabable poema narrativo. Con frecuencia, le preguntaba a su segunda esposa, que escribía novelas de misterio: “¿Qué estoy tratando de decir?”. Resulta difícil saber lo que el libro sería sin las observaciones de Margerie Bonner. Ella sugirió la muerte de Yvonne, el cambio de nombres de varios personajes, la simplificación de escenas.Lowry escribió cuatro veces el libro de principio a fin. Quienes han revisado los manuscritos coinciden en que aclaraba o profundizaba por acumulación. De hecho, Bajo el volcán fue en su origen un cuento que narraba el episodio del capítulo VIII, el viaje en autobús en el que aparece un herido en la carretera que no puede ser ayudado porque así lo prohíben las leyes mexicanas (una de las muchas fantasías de Lowry). En esa anécdota está implícita la culpa del Cónsul Geoffrey Firmin por no poder actuar; el testigo maniatado se identifica con la víctima para purgar sus pecados y los de la especie entera. De esta concentrada situación surgió un complejo edificio narrativo.Sólo una vez Lowry fue capaz de escribir una obra superior. Bajo el volcán es un libro absoluto, vivido y planeado hasta el último detalle. Oscuro como la tumba… y La mordida, novelas mucho más convencionales, sirven como bitácoras de compañía para Bajo el volcán. Hacia el final de su vida, Lowry trató de articular sus escritos en un ciclo con el elocuente título de El viaje que nunca termina, versión moderna de la Divina Comedia, cuyo centro de gravedad sería Bajo el volcán. No es de extrañar que alguien que aborda la escritura como una respiración orgánica se sirva de temas autobiográficos, forzosamente inacabados. El manuscrito sigue el curso de la vida.El destino, que tantas veces quiso arruinar los proyectos de desastre de Lowry, le otorgó una significativa oportunidad de estropear Bajo el volcán. Después de los rechazos a la tercera versión, probó suerte con Jonathan Cape y recibió un dictamen ambiguo. Dos lectores y el propio editor consideraban la obra demasiado densa, intelectual, casi incomprensible. Sin aclarar si se trataba de una condición obligatoria para publicar el libro, Cape propuso simplificarlo, prescindiendo de las arriesgadas zonas de oscuridad que hoy valoramos como un raro prodigio.Para entonces, Lowry había vuelto a Cuernavaca, escenario de la novela, y alquilaba la casa de uno de sus personajes, Jacques Laurelle. El cartero con aspecto de gnomo que aparece en la trama era el encargado de llevarle las misivas de su editor. Lowry habitaba el escenario de su obra y la sugerencia de Cape de reescribirla era una tentadora invitación a seguir viviendo ahí. El informe editorial ofrecía una oportunidad de capitular y perjudicar su novela con simplificaciones o de rechazar los cambios, arrumbando el manuscrito en un cajón donde seguramente se perdería. Dos opciones estimulantes para un enamorado del fracaso.Ante esta disyuntiva, Lowry tomó su más atípica decisión intelectual: escribió 31 páginas en las que defendía el sentido unitario y la lógica de su novela. El documento convenció al editor y puede leerse en español, traducido por Sergio Pitol, en El volcán, el mezcal, los comisarios… En cierta forma, Lowry dio el salto que más temía: publicar era desprenderse del libro que significaba un todo, perder la terapia compensatoria de su infierno. Novelista “por accidente”, como dice Day, no planeaba un libro tras otro. Bajo el volcán era la Obra, el Libro de los libros. Para tranquilizarse, pensaba en una serie en torno a ese planeta impar; secretamente, debía saber que el portento era irrepetible.Con una prosa que recuerda a Geoffrey Firmin, “borracho hasta la sobriedad”, Lowry defendió la estructura de su novela. Si alguna vez traicionó su tendencia a caer fue en esas páginas. Bajo el volcán existiría al margen de él. El 2 de enero de 1946 firmó la carta que decidió el resto de sus días. Malcolm Lowry estaba a la intemperie; se había sacado de encima la obra que lo justificaba, y no tendría dónde refugiarse.-(*) En los ensayos de De eso se trata, su nuevo y ejemplar libro, el escritor mexicano convierte sus lecturas en relatos de la inteligencia recorridos por una excepcional galería de personajes: el Casanova de las mil fugas; Goethe atrapado en la geometría del amor; Cervantes, fundador de la road novel. El narrador se hace presente para contar la inagotable relación entre Borges y Bioy Casares. Sin olvidar el tributo a dos autores que han marcado el certero estilo de Juan Villoro: Onetti y Chéjov. Retratos con paisaje donde las anécdotas se suceden como en una novela y los comentarios surgen con el ingenio de una feliz tertulia. Aquí compartimos un fragmento del capítulo dedicado a Malcolm Lowry, el autor de Bajo el volcán (una de las grandes novelas del siglo XX), en el intoxicado paraíso de Cuernavaca.-Tomado de Alma Magazine

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