sábado, 27 de junio de 2009

ciencia: Dylanologia


Locos por Bob Dylan
A.j Weberman buscando entre la basura de Dylan






Millones de personas adoran al hombre que ganó el Oscar a la Mejor Canción. La cultura popular no registra una obsesión semejante a esta rara y tierna locura: la Dylanologia
Algun dia, sin duda, cuando los guardianes de la torre reconozcan oficialmente que Bob fue uno de los dos o tres artistas norteamericanos más grandes de la segunda mitad del siglo xx, la Dylanología se reducirá a un mero conjunto de joyas y binoculares que guardaremos entre la Yeatsología y la Whitmanología. Incluso va a ser posible especializarse en Dylanología en la universidad y entregar monografías sobre la interacción entre el Deuteronomio y [el legendario músico folk] Dock Boggs en el período medio de Bob. Pero, por ahora, mientras el sistema económico generado en torno de Dylan crece día a día (una copia sin uso de la curiosa versión estéreo de Freewheelin’, que contiene cuatro canciones extra, se vende a 20 mil dólares), la Dylanología -es decir, la semioculta jungla de información de escritores, editores de fanzines, coleccionistas, autores de páginas web, grabadores de dats, analistas de canciones, chismes de ex novias y más- conserva un vigorizante hálito a autodidactos con vocación democrática, un fuerte aroma a neocortezas recalentadas.
-Estamos fanatizados porque somos fanáticos -dice el infatigable Paul Williams, autor de más de veinticinco libros; sus Bob Dylan: Performing Artist 1960-1973, Bob Dylan: Performing Artist 1974-1986 y el que está en curso en este momento, Bob Dylan: Performing Artist 1987-2000, totalizarán unas mil páginas antes de que el autor diga basta. Williams -que puso a Dylan en la tapa de la revista Crawdaddy, fundada por él mismo en 1966- cree fervientemente en lo que llama el proceso. Según dice, las más de cuarenta grabaciones convencionales (no piratas) que el artista ha editado desde 1962 no son más que el modelo, el punto de partida, ya que Dylan, famoso por su inquieta ambivalencia respecto de sus propias creaciones, se lo pasa cambiando esas canciones a medida que las interpreta. Eso significa que Williams, quien solicita donaciones a los fans de Dylan para poder seguir adelante con su trabajo, pasa largas horas comparando las cintas registradas en los miles de recitales que dio Bob desde 1961 hasta ahora, entre las cuales se amontonan muchísimas versiones alternativas de "All Along the Watchtower" (1.125 ejecuciones en vivo hasta el 1° de enero de 2001, según Tangled Up in Tapes, de Glen Dundas, contra 1.008 de "Like a Rolling Stone", 175 de "The Lonesome Death of Hattie Carroll", 53 de "Visions of Johanna", 22 de "Ring Them Bells", una de "Oxford Town" y una de "Bo Diddley").
Adoptar un enfoque tan abarcador como éste es característico de los estudios dylanescos. Bob es un tema trascendente, que va adquiriendo mayor importancia a medida que el artista sigue tirando por la borda todos los rumores sobre su supuesta reclusión y aparece en cien recitales por año, levantando cada vez más Dylanología a su paso. La actualización de Clinton Heylin, llamada Bob Dylan: Behind the Shades Revisited, alcanza las 780 páginas, acompañada por Bob Dylan: A Life in Stolen Moments, también de Heylin, una descripción cotidiana de las idas y venidas de Dylan entre los años 1941 y 1995. Más colosal aún es la revisión que hace Michael Gray en Song and Dance Man iii-The Art of Bob Dylan, que hoy llega a las 918 páginas. Pero ninguna de estas obras está a la altura de Back Pages: The Definitive Encyclopedia of Bob Dylan, de Oliver Trager, próxima a editarse (la fecha de lanzamiento está programada para el sexagésimo cumpleaños de Dylan, el 24 de mayo). Para regocijo del cartero que tuvo que traerme el manuscrito a mi casa, el libro cuenta con la friolera de… 1.179 páginas; esta obra, compuesta de análisis de canciones e interesantísimos chismes, resultaría suficiente para entretener a los admiradores de Dylan durante un corto invierno nuclear.
Y esto no se detiene, como lo atestigua la lista de venta de más de 5 mil artículos que sacó Rolling Tomes Inc., la megalópolis en torno de Bob dirigida por los simpáticos Mick y Laurie McCuistion en Grand Junction, Colorado. Los McCuistion, además de dedicarse a su publicación trimestral On the Tracks y de tener a su cargo a cuatro empleados abocados a lo que Laurie llama el trabajo sobre Bob, acaban de agregar un boletín mensual llamado "Series of Dreams" porque, según Laurie, "constantemente pasan muchísimas cosas".







Todos coinciden en que, hoy, el centro más caliente de la Dylanología es el sitio web Boblinks, de Bill Pagel, con base en Madison, Wisconsin. Este sitio no sólo publica la lista de temas de un show (con críticas muy personalizadas) apenas media hora después de que Bob se baje del escenario en cualquier parte del mundo, sino que también permite acceder a más de trescientas páginas sobre Dylan. Aquí encontramos un link con bobdylan.com -la página "oficial" de Sony- y su excelente buscador de letras de canciones, y además los diversos altares personales erigidos en honor a Dylan; recorridos turísticos cibernéticos por Hibbing, Minnesota; cientos de entrevistas e innumerables páginas como "A Lily Among Thorns: Exploring Bob Dylan’s Christianity" [Un lirio entre espinas: explorando la cristiandad de Bob Dylan], que ofrece un compendio de los sermones evangelizadores que predicaba Dylan en su período Slow Train/Saved: Durante una tormentosa presentación en Tempe, Arizona, el Reverendo Bob, encolerizado por los pedidos de "¡¡¡Rock & roll!!!", arengó: "¡Si quieren rock & roll, vayan a ver a Kiss! ¡Que el rock & roll los lleve al Infierno!".
Por otra parte, Boblinks, haciendo gala de un ecumenismo que le sienta bien a su héroe, presenta "Bob Dylan: Tangled Up in Jews" [Enredado entre judíos]. Este sitio rescata "los momentos principales de los viajes judaicos de Dylan", como "cuando abandonó el apellido Zimmerman" y una descripción de la Primera Celebración Anual de Año Nuevo de Dylan, "en la que el rabino de Bob explica cuál es la verdad, y el mismísimo Bob toca el cuerno judío".
En Boblinks, uno se da cuenta de que muchas de las buenas páginas web sobre Bob ya tienen dueño. Breadcrumb
sins [Pecadosdepanrallado] ya está inventada. Foggyruinsoftime [Brumosas- ruinasdeltiempo] está inventada. También cowboyangelsings [Angelcowboycanta] y expectingrain.com [Esperandolalluvia.com]. De esta última se encarga el simpático Karl Erik Andersen, que trabaja en la biblioteca nacional de un pueblito noruego ubicado sobre el Círculo Polar Artico y nos cuenta con total satisfacción cómo erigió un sistema inalámbrico para poder escuchar a Bob mientras saca la nieve del camino, actividad que lleva a cabo la mayor parte del tiempo.
Tantas frases citadas, tantas resoluciones escritas en la pared que no necesité hacer memoria cuando salí acaminar por Greenwich Village hace unos días. Pormás que Dylan se pase el resto de sus días encerrado en cualquier Edén de Malibú, el Village siempre será el místico Delta del Mississippi de la Dylanología: el paraíso de Bob Allí mismo, en la calle MacDougal número 116, bajando la escalera, ahora hay un bar llamado The Wreck Room, pero antes estaba el Gaslight. Ahí cantó Dylan "Talkin’ John Birch Paranoid Blues". Arriba quedaba Kettle of Fish, el bar que frecuentaba Dylan con un desesperanzado Phil Ochs, y adonde una vez llevó a las Supremes y les voló la cabeza a los amantes del folk. Esa fue una era Dylanológica completamente distinta, pensé mientras me encaminaba hacia la estación de subte para tomar la línea d hasta la Calle 59. Iba a encontrarme con mi viejo conocido a. j. Weberman, quien inventó el término "Dylanología" y es, a la vez, la figura más insultada de esa disciplina.
Como bien lo saben los estudiantes de la Dylanología primitiva, a. j. -que abandonó la facultad en 1968 para crear el primer Indice Alfabético de Letras de Dylan generado por computadora- se ganó su fama escarbando en la basura de Bob. Ese proceder basurológico formaba parte de un ataque a gran escala impulsado por el Frente de Liberación de Dylan, una horda de fumadores de porro que creían que Dylan había sido presa de una conspiración gubernamental para hacerlo adicto a las drogas duras, debilitadoras del sentido común. Semejantes hallazgos se basaban en las interpretaciones que hacía a. j. del "lenguaje secreto de Dylan", constituido por un código que, una vez descifrado, revelaba que palabras tales como "lluvia" o "pollo" (por ejemplo, en la oración "El sol no es amarillo: ¡es color pollo!") significaban en realidad "heroí- na". a. j. sostenía que fue la adicción lo que llevó a Dylan a hacer discos sentimentaloides como Nashville Skyline y New Morning, cuando el poeta podría haber aplicado su gran don para pronunciarse en contra de Vietnam.
"¡El cerebro de Dylan le pertenece a la gente, no a la Policía!", era uno de los fervientes cantos de los años 70, cuando a. j. iba al frente de los cuarenta hippies malolientes de su cátedra de Dylanología camino de la casa de Bob, en la calle MacDougal 94, donde el grupo le gritaba al músico que se asomara a la ventana. Después de una insospechada fiesta al aire libre para festejar los 30 años de Dylan, que trajo como resultado el corte de la calle Bleecker por parte de la policía y una larga serie de amenazas telefónicas (las cintas fueron compiladas en una edición titulada Bob Dylan vs. a. j. Weberman, que hoy es uno de los más destacados artículos de colección de Bob), Dylan tuvo la oportunidad de contraatacar.
Tres décadas más tarde, a. j., con 55 años y con su antigua melena salvaje reducida a un flequillo canoso, recuerda el incidente, uno de los más coloridos de las crónicas Dylanológicas:
-Yo me había comprometido a no molestar más a Dylan, pero me moría por tener publicidad... Fui a la calle MacDougal, y sale la esposa de Dylan y se pone a chillar acusándome de revolver en su basura. Dylan dijo que si alguna vez me metía con su esposa, me iba a cagar a trompadas. Un par de días después, estoy en la calle Elizabeth y alguien me salta encima y empieza a pegarme. Me doy vuelta y veo a... Dylan. Entonces pienso: "¡Increíble! ¡Me está cagando a golpes Bob Dylan!". Le digo: "Eh, man, ¿cómo andás?", pero me sigue golpeando la cabeza contra la vereda. Es petiso, pero fuerte. Hace gimnasia. Yo no se la quería devolver, ¿entendés?, porque yo sabía que él tenía razón. Se levanta, me arranca mi prendedor de liberen a bob dylan y se va. Jamás abrió la boca. Esa fue la última vez que lo vi, salvo por otro día, cuando estaba con uno de sus hijos, quizá Jakob, y dijo: "A a. j. le da tanta vergüenza ser judío que se operó la nariz", lo cual era cierto... al menos en cuanto a que me había operado la nariz...
Qué mal que estuvo todo, dice ahora a. j., y cuenta que Dylan, supuestamente, le ofreció distintos trabajos a cambio de que dejara de lado su campaña de "Liberen a Bob".
-Me propuso que fuese su chofer, pero le dije que no sabía manejar. Entonces me dijo que podía ser su asistente, pero le contesté: "¡Olvidáte! No va a funcionar. Soy la única persona a la que no podés comprar". Pensándolo ahora, veo que me equivoqué. Podría haber hecho carrera como crítico de rock o algo por el estilo, y no como dealer de marihuana, y no terminar mis días como los voy a terminar.



manifestación en las puertas de la casa de Dylan bajo el lema " Salvemos a Bob Dylan de Bob Dylan"


Esa fue la gran noticia. Justo la semana anterior, a. j. había estado en la cárcel: finalmente la policía lo había arrestado por su presunto manejo de un servicio de delivery de marihuana. Salió bajo una fianza de 100 mil dólares, con la posibilidad de pasar diez años a la sombra. Cuando lo llamé para preguntarle si iba a estar en su casa, me gritó: "¡Claro que sí, imbécil! ¡Estoy bajo arresto domiciliario, carajo!".
-El destino quiso que los policías me vieran tirar a la basura unos envoltorios enormes de la marihuana -señala a. j., entre divertido y angustiado- y usaron eso para conseguir una orden de allanamiento. Así que capturaron al basurólogo gracias a su propia basura…
La ironía no se les escapó a los Dylanólogos actuales, cuyos mensajes aparecen en el sitio de Usenet rec.music.dy
lan. Bajo el encabezamiento "¡Weber- man preso! Seguro que Bob se ríe", los fans se deleitaron con comentarios como "no es un karma tan instantáneo pero me gusta" y el inevitable juego de palabras a partir de una letra de Bob: "No se necesita un Weberman para saber hacia dónde sopla el viento".
a. j. defendió las controversiales afirmaciones que hizo hace poco; entre ellas, que Dylan tenía sida. Como siempre, la prueba está en la interpretación de canciones, arguyó a. j., en especial en "Disease of Conceit", "Dignity" y el manto de fatalidad que cubre el disco Time Out of Mind, de 1997.
-Sí, es cierto: Dylan se va a alegrar de que voy a la cárcel -se puso a farfullar a. j. con sarcasmo-. ¡Mi hundimiento lo va a inspirar de tal forma que va a escribir cinco temas excelentes en una semana! ¡Dylan va a quedar en deuda conmigo!
El rock esta lleno de cultos, pero no hay nada -ni siquiera coleccionar discos de los Beatles ni documentar a Elvis- que tenga punto de comparación con la Dylanología. En la época en que usaba sus anteojos de sol oscuros, Dylan pudo haber sido el más cool de todos, pero la Dylanología no se trata de ser cool. Tampoco se trata de un hobby, un capricho pasajero ni una inclinación indolente a hacerse el vivo para conseguir chicas. La Dylanología es un riesgo, un juego, una declaración espiritual, una elección de vida. Ser fan de Bob Dylan significa reconocer la presencia de lo extraordinario, entregarse a su obra y actuar con base en eso. En un mundo posmoderno de objetos efímeros, éste es un vínculo solemne.
Dylan, que fue por momentos un verdadero folkie, un verdadero rockero, un verdadero amante, un verdadero padre, un verdadero drogón, un verdadero hijo de puta, un verdadero cristiano, un verdadero judío, un verdadero yanqui de un pequeño pueblo que llegó a una gran ciudad con grandes sueños y un poco de falsa modestia, gran predicador de inquietudes milenarias, tanto sagradas como profanas, nunca ha ofrecido menos que autenticidad a su abigarrado rebaño, sin importar sus peculiares intereses personales. Con Bob, uno puede sentirse traicionado, tristemente desilusionado, pero nunca pensás que es un fiasco. Así como él siempre estuvo dispuesto a entregar su corazón, nosotros también.
Ahora Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones le pusieron Dylan a su bebé, y me parece muy bien, pero la mitad de los compañeros de escuela de mi hijo se llaman Dylan. Incluso hay nenas que se llaman Dylan. Podés creer cualquier historia que te guste: que Bob sacó su nombre de Dylan Thomas o de su tío jugador, el señor Dillon… Pero ahora Dylan es simplemente un nombre más en las partidas de nacimiento, como Ashley o Justin.
La Dylanología continúa; nunca termina. La semana pasada, estaba desayunando en lo que antiguamente era un bar venido a menos de East Village con Josh Nelson, que tiene 24 años y aspira a ser profesor de psicología. En 1990, cuando Josh cumplió 13, su padre lo llevó a ver a Bob Dylan por primera vez al Beacon Theater de Nueva York. Es algo muy común. Así como muchos padres hacen un culto de las salidas con sus hijos al primer partido de béisbol, llevar a los hijos a los conciertos de Bob es un ritual Dylanológico. Hace apenas unas semanas, yo también acompañé a Rae, mi hija de 17 años, a su primer recital de Bob, en Jones Beach, la misma playa de onda a la que, treinta y cinco años antes, iba yo con mis amigos, todos en cueros y con unos ridículos sombreros iguales a los que usaba Bob.
Desde que su padre lo llevó al Beacon, Josh vio más de 203 recitales de Bob, en St. John’s, Newfoundland; Regina, Saskatchewan; Cottbus, Alemania; y Starkville, Mississippi.
-En mi mente, Dylan no era más que otro de esos judíos viejos a quien conocía sólo de nombre. Es aterrador, pero por alguna razón lo asociaba con Neil Diamond y Barry Manilow. Sí, es cierto, no tenía ni idea -escribió Josh una vez en un ensayo para la universidad, hablando de su ingreso en el reino de Bob-. Pero pronto me di cuenta de que "Boots of Spanish Leather" no habla de la navegación, y que "Mama You Been on My Mind" es una canción acerca de aquellas personas que no se pueden olvidar. Ya no es todo extraño e imposible de entender, sino que ahora es de alguna manera más real. Esa es la diferencia. Para mí, Bob Dylan no es el hombre que tocó en Folk City y Forest Hills. El Bob Dylan que yo conozco es el hombre que estaba en el escenario del Beacon Theater; mayor, más triste quizá, pero sigue siendo él.
Una cosa es añorar el pasado y, otra, aprovechar al máximo el presente y el futuro, dijo Josh, quien, como la mayoría de los Dylanólogos más jóvenes, se inclina por el estudio de las actuaciones en vivo de Bob.
-Nosotros estamos ahí, haciendo el aguante -dijo Josh, orgulloso de haberse enterado de que Dylan había grabado Time out of Mind en parte para que sus fans más jóvenes tuvieran alguna canción que escuchar por primera vez, una canción que les perteneciera. Luego, moviendo nerviosamente el kasha con huevo por el plato, Josh agregó que, aunque la gente lo llamara "el Krogsgaard con patas" (en alusión a la memoria enciclopédica con que recordaba la lista de temas interpretados por Dylan recopilada por Michael Krogsgaard), no quería dar la impresión de que toda su vida consistía en eso. Después de todo, pertenecía al Phi Beta Kappa de Middlebury, una asociación que nuclea a los alumnos más distinguidos. No quería parecer un loco. Era un problema, eso de volverse un tanto lunático al servicio de la Musa Bob; todo quedaba claro al visitar a Mitch Blank, un antiguo habitué del Village.
-Si mirás este lugar, podés llegar a pensar que acá vive una persona normal -dijo Mitch, parado en la puerta de su departamento increíblemente ordenado (sin entrar en detalles) al que se llegaba por escalera. La manía autodiagnosticada de Mitch es su colección de Dylan, que incluye: unos armarios mágicos de pared con capacidad para más de 20 mil cintas de recitales de Bob Dylan; una colección de cada entrevista que dio Bob a partir de 1960; la tapa de cada revista en la que había aparecido Bob Dylan; casi todos los pósters o carteles de recitales de Bob Dylan (el póster del 11 de noviembre que anunciaba el Carnegie Chapter Hall dice "Todas las entradas: 2,00 dólares"); una fotocopia de la portada del ejemplar de Bob Dylan de "Bound for Glory", de Woody Guthrie; una colección completa de las estampillas de Dylan de Gambia y Tanzania (algunas de las cuales Mitch arregló con el correo de Hibbing, Minnesota, que las sellaran el 24 de mayo de 1993, cuando Dylan cumplió 52 años); un cartel de la Autopista 61 de Minnesota; una pelota de béisbol firmada por Dylan; una copia de un contrato de alquiler de un departamento donde vivió Dylan, en la Autopista Pacific Coast 21336, donde permitían hasta "5" chicos y "1" perro. También estaba la base de datos de Mitch, obviamente completa, que incluía portadas de catálogos de las canciones de Dylan ("I Shall Be Released" fue interpretada por Marjoe Gortner, Coven, Telly Savalas y Big Mama Thornton; "Blowin’ in the Wind" por Sebastian Cabot, Marlene Dietrich, Brian Hyland y la u. s. Navy Steel Band).
-Es sólo la punta del iceberg -anunció Mitch, que de día trabaja como investigador fotográfico y es miembro de la junta consultiva del Museo de Música Folk del Greenwich Village, mientras copiaba un documental sobre coleccionistas de cintas de ocho pistas para que yo viera "cómo son realmente los fanáticos enfermos". Sin embargo, hay un límite que ni siquiera Mitch traspasa, como cuando un amigo lo llamó diciendo que tenía algunas colillas de cigarrillos que había fumado Dylan.
-"¿Para qué quiero las colillas de Bob?", le pregunté al degenerado -recordó Mitch-. Y me contestó: "¿No te das cuenta? Esas colillas tienen el adn de Dylan. Algún día, podremos hacer un clon de Dylan. Será el mejor objeto de colección". Le dije que era repugnante. Hasta yo tengo un límite, ¿no?
El límite. Yo estaba buscando el límite. Es decir, estaba bien leer los cientos de entrevistas que Bob había dado a lo largo del tiempo y enterarme de que el 13 de junio de 1984, Dylan le dijo a Robert Hilburn, del diario Los Angeles Times, que no creía que se lo pudiese "percibir correctamente hasta cien años después de que me muera". Era divertido escuchar historias de viejos habitantes del Village contando que habían ido de compras con Suze Rotolo, la novia más mítica de Bob antes de Sara, a quien se la recordaba como "tranquila, chueca y amante del color verde". Era interesante también leer partes de las novelas sobre Dylan escritas a lo largo de los años, desde las escenas porno de Olimpia Press, de Diane Di Prima, teniendo relaciones con "Highway 61" como música de fondo, hasta Great Jones Street, de Don DeLillo.
Hasta se percibía un agradable toque de terror cuando uno iba caminando por la Biblioteca Morgan de la Calle 36 Este de Manhattan, sabiendo que el Anotador Rojo seguramente estaba detrás de esas paredes de piedra. El Anotador Rojo: el anotador con espirales de 59 centavos en el que Bob escribió, con su desprolija caligrafía, las letras de Blood on the Tracks. El Anotador Rojo: un documento del dolor más consumado del poeta, que la leyenda dice fue robado de la casa de Bob y pasó por el mercado negro, el Grial prohibido de cualquier coleccionista, y luego, a pedido de la Oficina Dylan, fue donado a la Morgan. El Anotador Rojo: el Halcón Maltés de la Dynalogía, de lo que estaban hechos todos los sueños y pesadillas. Por tener aunque sea una fotocopia del Anotador se arriesgaría cualquier tipo de karma.
Sabía que había ido demasiado lejos cuando recibí una llamada de un amigo desde Los Angeles. Me dijo que conocía al chofer que llevó a Michael Bolton a la casa de Dylan en Malibú el día en que ambos compusieron "Steel Bars". Tenía la cabeza tan llena de Dylanología que me estaba volviendo loco, y ni siquiera había visitado todavía a los académicos, gente como Christopher Ricks, el profesor de poesía de la Universidad de Boston, para consultar su fundamental análisis de los pentámetros de Dylan. No había escuchado las obras completas de los Wilburys, ya que había evitado todo el período de Tom Petty como si fuera la peste. Ni tampoco había vuelto a memorizar los "11 Epitafios Bosquejados", las notas de Bob ("porque no me interesa convertirme en un bicho raro para que escriban los periodistas") que figuran en el sobre de mi viejo vinilo de "The Times They Are A-Changin’ ", que aún conservo, con el teléfono de mi novia del secundario todavía visible en el ángulo superior izquierdo. No había visto los "Dyl-relojes" caseros de Mel Prussack, cada uno con una cita de Bob que evidenciaba el paso del "Dyl-tiempo". No había ni siquiera corroborado si "Quinn the Eskimo" realmente fue compuesta mientras Dylan miraba la película que hizo Nicholas Ray en 1959, The Savage Innocents, en la que An-
thony Quinn hacía de esquimal.
Entre semejante superabundancia, quedaban un millón de legítimos misterios Dylanológicos. Preguntas. Leyendas a las que refutar o dejar en paz. Por ejemplo, aún después de todos estos años, nadie parece haber determinado de forma contundente hasta qué punto se lastimó Dylan en el accidente con su moto en 1966; si, como sugieren algunos, exageró sus heridas para boicotear la agenda caótica en que lo había metido su manager Albert Grossman. Ni tampoco quedaba muy claro si Dylan seguía siendo cristiano. Clinton Heylin dice que sí: "Escuchen las canciones". Paul Williams afirma que el hecho de que Dylan actualmente sea cristiano o judío es secundario ante su "fundamentalismo predominante… El es una persona que cree en la literalidad de la Palabra. Va a ser fundamentalista, crea en lo que crea".
Más allá de cuál sea su teología actual, en lo personal me gustaría saber qué pasó con los chistes de judíos de Bob Dylan. Bob Dylan solía ser tan divertido como Franz Kafka. "Motorpsycho Nightmare" (nunca tocada en vivo en un concierto) es una de las canciones más graciosas que se hayan escrito, un ejemplo de humor shtetl surrealista. Tal vez el haber nacido de nuevo le quitó la faceta de comediante, o tal vez haya sido simplemente la carga de haber sido Bob durante tantos años. Pero para cuando Dylan se puso a componer su canción "Lenny Bruce", una de las melodías más fastuosas que haya escrito, se había olvidado de que Bruce, el viejo judío defensor de las libertades, solía ganarse la vida haciendo reír a la gente.
Sin embargo, cuando llegamos a este punto, el mayor enigma de la Dylanología era Dylan mismo. El Bob Viviente. Cómo enfrentarnos con el hecho de que el artista que generó más inspiración de todos los tiempos todavía camina entre nosotros, después de todos estos años La Dylanología escrita se divide en tres áreas. El Song and Dance Man iii, de Michael Gray, monumental, fuente infinita de iluminación, es el que ubica con más éxito a Dylan en su contexto cultural. Gray deja completamente de lado al Bob Viviente. Haciendo referencia casi exclusiva al texto estático de las ediciones "oficiales" de Columbia, no intenta establecer un puente con Bob el ser humano, y sólo se ocupa de su obra, como si hubiera sido escrita por un poeta del siglo xiii.
Paul Williams, Clinton Heylin y otros toman una posición intermedia, reconociendo la presencia del Bob Viviente al tiempo que, con cautela, intentan no invadir indebidamente el espacio personal del artista. Esta posición intermedia resulta difícil, como comenta Williams, describiendo la publicación de su muy conocido Dylan-What Happened?, un libro que trata de adaptarse a los alucinantes shows de Dylan luego de su reaparición, en el Warfield Theater de San Francisco, en 1979. A Dylan le gustó el libro de Williams, y se dice que compró 114 ejemplares (114 es la cantidad exacta de máximas de Cristo que aparecen en el Evangelio Gnóstico de Santo Tomás encontrado en Nag Hammadi). Dylan invitó a Williams a verlo en el backstage, y a pedido del escritor hasta llegó a cantar "Caribbean Wind", tema que nunca toca en vivo. No obstante, Dylan no estuvo muy complacido con el siguiente artículo de Williams, y cuentan que dijo: "Siempre pasa: cuando conozco a alguien que escribió algo sobre mí que me gustó, el hecho de conocernos en persona lo arruina todo, y lo siguiente que escribe no funciona".
Williams está de acuerdo: "Después de conocerlo, me di cuenta a ciencia cierta de que Bob Dylan iba a leer lo que yo escribiera de allí en más. Tal vez esto me alejó un poco de lo que hago normalmente, que es sólo para fans. Creo que la idea de que Bob Dylan te pueda estar mirando por sobre el hombro echa a perder a muchos escritores".
Luego, por supuesto, tenemos el otro enfoque al Bob Viviente, que consiste en ir de frente, y exponerse ante él, exigiendo su atención. Esta fue la metodología empleada por Larry Ratso Sloman en su trabajo, ahora agotado, sobre la gira Rolling Thunder, On the Road With Bob Dylan-Rolling With the Thunder. Muy probablemente el más entretenido y extrañamente emotivo de todos los libros sobre Bob, el de Sloman contiene muchas buenas citas. Está la madre de Dylan, Beattie, que dice: "El nació en nuestra familia, pero luego se alejó e hizo sus cosas por su lado… Bob Dylan es el compositor, Dylan, no Zimmerman". Y Bob mismo añade: "Yo no comprendo la música. Entiendo a Lightning Hopkins. Entiendo a John Lee Hooker, Woody Guthrie, Kinky Friedman. Nunca dije que entendiera la música... Si alguna vez me escuchaste tocar la guitarra, lo sabés". A lo que Ratso, el fanático, contesta: "Pero a mí me gusta cómo tocás la guitarra".
Sin embargo, un momento clave en toda la Dylanología tiene lugar cuando Sloman, en medio de un desborde que se extiende por todo el libro sobre su incapacidad para captar la historia, confronta a Dylan en el lobby de un hotel. "Vení un momento", dice haber dicho Ratso, exigiendo a Dylan que escuchara su pedido. Dylan se dirige al torturado periodista: "Bueno, ¿qué querés? Sé específico. ¿Qué precisás?".
Ratso trata de encontrar la palabra. Se le iluminan los ojos: "Necesito acceso", le grita a la superestrella. "Necesito ac-ce-so…" Dicen que Dylan, con expresión de asombro, preguntó: "¿Ex-Lax [una conocida marca de laxantes]?… ¿Por qué necesitás Ex-Lax? ¿Qué estuviste comiendo?"
Era eso: acceso.
Acceso. Lo que a. j. Weberman, en su demencia, llamó "el Cerebro" del Poeta en manos de "la Gente". Acceso: un pase de backstage a esa tierra de nadie entre el artista y nosotros. Acceso: lo que nosotros -estudiosos, fanáticos, lunáticos- queremos. Lo que él, el Bob Viviente, no va a darnos.
Acceso. Estar cerca de Bob. Es una obsesión Dylanológica. Libros enteros, como Encounters With Bob Dylan: If You See Him Say Hello, ofrecen crónicas de encuentros y casi-encuentros casuales entre Dylan y taxistas, secretarias, vendedores. Ver a Dylan es algo que no se olvida, un recuerdo que se trata con cuidado. Por ejemplo, considerando la cantidad de bandas que tuvo Bob, la Dylanología carece sorprendentemente de historias de músicos acompañantes. Tal vez se deba a los rumores de que Bob tiene poco que ver con sus colegas músicos: durante años, supuestamente, estaba prohibido siquiera hacer contacto visual con Bob. También existe una noción de tiempo sagrado: para un músico, tocar con Bob Dylan no es algo que se pueda tratar a la ligera. Sin embargo, el guitarrista Steve Ripley, que estuvo de gira con Dylan en los 80, me contó esta historia. Al parecer, Ripley llegó al lugar del concierto, pero se confundió el horario para la prueba de sonido y no encontró a nadie. Ya estaba por volverse al hotel cuando vio a Dylan, sentado solo cerca del escenario. Hasta entonces, Ripley había intercambiado muy pocas palabras con su enigmático jefe. Pero no había forma de evitar hablar en este momento: estaban sólo ellos dos.
"Realmente no sabía qué decirle", contó Ripley. "A lo que voy es: es Bob Dylan. ¿Qué le podés decir a Bob Dylan?" Después de una larga pausa, finalmente el guitarrista atinó a decir: "Hola, Bob, ¿qué tal la familia?", con lo cual Dylan literalmente se abalanzó sobre el músico y le dio un gran abrazo.
"¡Genial!", exclamó Dylan, con una sonrisa de oreja a oreja en su cara angulosa. "Gracias por preguntar."
Acceso.
Supongo que fue algo egoísta de mi parte, una típica invasión del sagrado espacio Dylanológico, pero me pareció que no tenía elección. Al menos esto es lo que había decidido, manejando una Chevy Blazer, nuevamente en la ruta. Venía siguiendo los pasos de Bob durante un par de semanas, persiguiéndolo a través del Nordeste, por Hartford, Connecticut; Mansfeld, Massachusetts; Saratoga, Nueva York; Scranton, Pennsylvania; Camden, Nueva Jersey; Columbia,
Maryland: donde iba Bob, yo estaba ahí, observando a El Hombre con su saco negro y sus pantalones con una raya en la pierna (la misma ropa con la que cantó para el Papa, que era mucho mejor que la remera con capucha de internado que usó a fines de los 80). Estuve estudiando la extraña semisonrisa; los juguetones movimientos de guitarra, como si estuviera imitando a Chaplin y a Elvis al mismo tiempo; los pasos torpes y cortos; el tímido movimiento del ojo legañoso; las gotas de sudor plateado en la punta de la nariz ganchuda. Yo esperaba mi oportunidad.
Había llegado la hora de disculparse, pensé; de disculparme ante Dylan por desear que estuviera muerto.
Pensé que era un recuerdo enterrado para siempre en un baúl, pero no a una profundidad suficiente, parece, porque ahí estaba, en un artículo de 1999 sobre Bob en The New Yorker, en el primer párrafo, por amor de Dios: "En 1978, luego del fiasco de Renaldo and Clara, la película artística de cuatro horas dirigida por Dylan, Mark Jacobson escribió en el Village Voice: «Ojalá Bob Dylan se muriera».".
Era cierto. Ahí, en el mismo diario donde había leído por primera vez sobre este judío huesudo hijo de un vendedor de electrodomésticos que había llegado desde el Norte para dar vuelta por completo mi pequeño mundo de Flushing, Queens, yo había escrito: "Ojalá Bob Dylan se muriera. Entonces el Channel 5 armaría de inmediato un documental sobre su vida y su época, como hicieron con Hubert [Humphrey], Chaplin, Adolf Hitler. Sólo los hechos inalterables… ver todos esos hechos inalterables sobre Elvis hicieron que su muerte valiera la pena…".
Por favor, ¿no podía al menos haber obviado a Hitler? La idea, creo, era que hasta incluso la muerte de Bob habría sido mejor que ver de nuevo Renaldo and Clara. Tal vez en 1978 pensé que era algo así como un chiste.
El incidente está bien documentado. En No Direction Home-The Life and Music of Bob Dylan, el ex crítico de música folk de The New York Times Robert Shelton dice: "Dylan quedó muy dolido por la reacción del diario de su antiguo barrio, el Village Voice". Se cita a Bob mismo diciendo: "¿Vieron el pelotón de fusilamiento que mandaron para hacer la crítica?". Peor todavía es el comentario en la biografía de Clinton Heylin, Bob Dylan: Behind the Shades. En un capítulo titulado "Someone’s Got It In for Me", Faridi McFree, una de las parejas de Dylan luego de Sara, le lee a Bob las críticas de Renaldo and Clara por teléfono. "Fue horrible, completamente horrible lo que dijeron de él, en especial en el Village Voice."
"Bob", le dice McFree a Dylan, "de hecho desean que te mueras".
Pero tuvo que aparecer el artículo de The New Yorker para identificarme con mi nombre. Para señalar con el dedo -como solía decir Dylan sobre sus primeras canciones de protesta- al hombre, entre la multitud solitaria, que tenía la culpa.
Yo había entrado en la Dylanología: yo era quien deseaba que Bob Dylan se muriese. Qué pesadilla. A lo que voy es: Bob Dylan era, y sigue siendo, mi héroe. Durante décadas guardé una carta, firmada por Albert Grossman, el manager de Dylan, que me agradecía por mi interés pero que no, que Bob no estaba disponible para una entrevista para el Francis Lewis High School Patriot. Una vez, en algún momento a fines de los 60, vi a Bob saliendo de Manny’s Music en la calle 48 llevando una bolsa de papel blanco. Media hora después, vi a Mohamed Alí, mi otro ídolo, parado exactamente en el mismo lugar donde había visto a Dylan. Alí me dio la mano. Bob sólo me saludó con la cabeza, pero fue suficiente.
Yo estuve ahí, también, en Forest Hills en 1965, abucheando a Dylan por pasarse al bando eléctrico. Ahora hay 20 millones de ex hipsters con colita que aseguran haber estado en el viejo estadio de tenis para 15 mil personas anunciando el zeitgeist mientras "Tombstone Blues" cortaba el aire de fin del verano. Pero realmente era mejor haber abucheado. Todos los verdaderos fans de Dylan abuchearon. Abuchear era parte del continuo Dylano- lógico: tener las expectativas destrozadas, sentirse rechazado, y luego darse cuenta de que era mejor, mucho mejor, vivir en este nuevo mundo más amplio en el que nos había puesto.
Mirando hacia atrás, parece que fuera el colmo de la rebeldía el hecho de que Dylan no muriera por tomar demasiado rápido aquella curva en la Zena Road de Woodstock, con su Triumph, allá por 1966. Si alguien alguna vez dio el tipo de vivir rápido/morir joven/ser un cadáver hermoso, ése es Bob Dylan. Entonces, como Rimbaud y James Dean, Dylan podría haber sido otro Jim Morrison pasado de romanticismo, digno de ser visto cuando juega al sabelotodo en Don’t Look Back, imponiéndose al pobre Donovan y sosteniendo que podía contener la respiración tres veces más tiempo que Caruso. De hecho, sería una buena escena, como un cuento de la cripta de Behind the Music: Bob, en un baño turco, jugando al rummy con los pilares gemelos de su inspiración interracial: Hank Williams (fallecido a los 29) y Robert Johnson (muerto a los 27). Charlie Parker (fallecido a los 34) podría unirse, también, si estuviera de visita.
Sólo que Bob Dylan no iba a participar de esto; no era su Destino. Vaya uno a saber por qué confluencia de adn y destino, persistió mucho más allá de los días de su propia infalibilidad. Con sus 59, ya tuvo tiempo suficiente para hacer una película desquiciada como Renaldo and Clara, ser acusado de golpear a su esposa, nacer de nuevo, componer una serie de discos de inspiración intermitente, etcétera, etcétera, y de tener a idiotas como yo que deseaban verlo muerto.
Duró lo suficiente como para que volviera esa religión de otros tiempos. Ayer nomás yo podía sentarme en el subte, escuchando la versión 1994 de Dylan de la antigua canción folk "Delia", con lágrimas en los ojos por la belleza áspera y desolada de todo. A los 20 años, él quería sonar como una vieja puta cantando "House of the Rising Sun", con un pie en el andén y otro en el tren. Ahora había llegado. A fin de cuentas, era la verdadera grandeza de Dylan, su espectacular humanidad, el espíritu de seguir adelante, la adhesión al ciclo de la vida. Al menos ése era el tema, mi tema hasta que llegó The New Yorker. Digo todo esto por que todos -todos los que conozco, al menos- tienen su propia Dylanología. Su propio chazerei sobre lo que pasa entre Bob y ellos. Y, al igual que yo, quieren contarte todo al respecto.
Puede ser ahora o nunca. Desde el susto de la histoplasmosis de 1997 (destacada por los redactores de titulares de The New York Post como "El misterio del corazón de Bob Dylan"), el tema de la mortalidad domina el diálogo Dylanológico. Cómo se lo ve a Bob, pregunta la gente; cuál es su estado físico, su estado mental, ¿te parece que estuvo tomando? Ahora, seguro, es el momento de estar con Bob, de seguirlo de show en show, de ponerse desvergonzadamente paternal con el tipo, no quitarle los ojos de encima al infeliz.
También resulta muy conveniente, ahora que Bob se ha convertido en un artista soporte. Al comienzo, fue un shock ver a Dylan salir a escena cantando "Down in the Flood" ante 60 mil asientos vacíos en el Giants Stadium, en 1995, ignorado por los desorientados fans de Grateful Dead que habían llegado temprano. Pero, hoy, esta hora de largada de las 7 de la tarde en punto es otro don Dylanológico más. De este modo, el fan de Dylan puede apropiarse tranquilamente de un lugar en las primeras filas, todavía vacías, ver el set de diecisiete canciones de Bob, estar en la autopista (o en la cama en el Marriott) a las 9 de la noche, y no llegar a escuchar una nota siquiera del número principal, Phil Lesh.
Bob ahora es como Alí, encendiendo la antorcha olímpica; un Buda (en general) silencioso, que reconoce el dulce tinte otoñal de las cosas. En la Dylanología actual, la lista de canciones de su show lo es todo, y en estos días el poeta ofrece mayormente un paquete de grandes éxitos, previos al accidente de la moto. Podés sentarte por atrás, donde Pablo, el sonidista, prende las velas y los inciensos de Nag Chompa ("una tradición Bob Dylan durante los últimos veinte años", afirma Pablo) y maravillarte. Preguntarte si Dylan, el rebelde metamorfoseado en Chico Risueño/Tesoro Nacional/Artista Amado, decidió terminar el show con "Blowin’ in the Wind", su tema clásico más gastado, porque cree que queremos esta vuelta olímpica de showbiz, este schmaltz "Forever Young" [Por siempre joven]. O si ha llegado a la (¿dolorosa? ¿feliz?) conclusión de que estas melodías más viejas, las famosas de su juventud, como "Mr. Tambourine Man", "Don’t Think Twice" y "Stuck Inside of Memphis" -no el gospel, no Time out of Mind- son realmente las mejores que tiene, las cosas que realmente quiere tocar para que lo recordemos como corresponde.
Al igual que El Libro de las Revelaciones, a lo largo de siete shows Bob tocó siete "Tangled Up in Blue", siete "Highway 61", siete "Like a Rolling Stone", siete "Blowin’ in the Wind". El Dylanólogo, que comprende que algunos de los que lo rodean estuvieron esperando veinte años para escuchar "It Ain’t Me Babe" en vivo, se sienta con paciencia, preparándose para los temas aleatorios, los reservados para momentos especiales, los que aparecen una única vez, las rarezas. Que llegan, como siempre: una revisión speed-metal de "Drifter’s Escape"; "Long Black Veil", la balada asesina, nunca tan solitaria; un revival de dos noches de "Tears of Rage"; "Maggie’s Farm" (tocada en Scranton, exactamente a 35 años de la primera versión eléctrica en Newport, hecho debidamente destacado por los fanáticos asistentes); una vieja melodía de los Stanley Brothers y, finalmente, "Every Grain of Sand".
"Every Grain of Sand" fue algo especial porque era la canción que la mujer de 78 años y pelo azul quería que tocara Dylan. Apoyándose en su bastón, contó que le había empezado a gustar Bob "hace unos veinte años", cuando su hijo, que vivía en el sótano, "por fin" se mudó de allí. Mientras lo limpiaba, la viejita encontró -debajo del sofá quemado con cigarrillos- docenas de vinilos rayados. "Siempre tuve miedo de lo que estuviera haciendo mi hijo ahí abajo. Cuando escuché a ese tal Bob Dylan, me sentí mucho mejor con respecto a mi chico." Luego, fijándose en las tribus que se congregaban, la anciana sonrió y opinó: "Qué lindo que Dylan pueda juntar tanto público a su edad".
"Rainy Day Women #12 and 35" era el tema de Dylan que más le gustaba. Pero, como era el aniversario de la muerte de su esposo, tenía la esperanza de que Bob hiciera "Every Grain of Sand", que dice: "Oigo los antiguos pasos como el movimiento del mar/ A veces me doy vuelta, hay alguien atrás; otras veces estoy yo solo", y que Michael Gray describe en su capítulo de veinticinco páginas sobre esa canción (en el que no faltan profusas notas al pie con referencias a Edith Piaf, Frankie Laine, Caín, Abel, San Mateo, San Pablo, Tony Bennett, William Blake, Allen Ginsberg, Bruno Bettelheim y el Reverendo Doctor John Polkinghorne, teólogo canónigo de Liverpool) como una obra que habla "realmente, de la batalla entre la fe y la duda".
Y, por supuesto, si bien Dylan no había tocado "Every Grain of Sand" ni una sola vez en la gira que hasta entonces llevaba treinta y dos fechas, la hizo precisamente esa noche en el Merriweather Post Pavilion de Columbia, Maryland. Y, además, le salió excelente: etérea, elusiva y pura, y ni siquiera tan alejada de la versión del disco.
Así es la cosa con Bob en estos días, cuando hace sus irregulares recorridas por festivales de música. El es el regalo que sigue ofreciéndose, una máquina tragamonedas que cumple deseos en medio del modernismo, hablando, como siempre, de maneras nuevas que exceden nuestro saber. Y, al fin y al cabo, la Dylanología siempre fue algo sincrónico: la coincidencia significativa expresada por medio del misterio de Bob.
¿De qué otra forma puede explicarse el mensaje transmitido por la radio en la autopista de Nueva Jersey, camino del recital de Camden? El locutor decía que el gobierno de Christie Whitman clausuraría finalmente el Hospital Greystone debido a "una serie de suicidios y ataques de pacientes, condiciones insalubres y falta de personal en el edificio de cien años de antigüedad".
Bueno, cualquier fanático novato de Bob sabe que el primer lugar al que fue Dylan cuando salió de Hibbing rumbo al Este norteamericano, en febrero del 61, fue el Hospital Greystone de Nueva Jersey, para ver a Woody Guthrie. Lo dice ahí mismo, en el sobre de su primer álbum: si bien a Bob y Woody "los separaban treinta años y dos generaciones, los unía el amor por la música... y una visión en común del mundo".
Entonces, ¿cómo es posible que después de cien años de falta de personal, suicidios de pacientes y quién sabe qué otras barbaridades, el gobierno de Nueva Jersey eligiera justo ese día para cerrar Greystone?
¿Y cómo puede ser que Dylan escogiera esa noche para tocar "Song to Woody", el tema de 1961 en que Bob le predice a Guthrie un "mundo muy raro que se viene...", un mundo que está "enfermo y hambriento, cansado y marchito, y parece moribundo antes de haber nacido"? Un lindo ramo de flores para depositar junto a la camilla de una víctima del mal de San Vito, aunque se tratara de un viajero astuto como Woody Guthrie… De hecho, una linda visión para albergar hoy, cuarenta años y tres generaciones más allá de todo aquello, sobre todo cuando uno está en un embotellamiento de tránsito, y para colmo en Nueva Jersey.
Acceso. Si iba a disculparme frente a Dylan, a borrar de algún modo mis insignificantes apuntes en la historia Dylanológica, "la formación" era mi mejor oportunidad. Esta gira era algo nuevo, con Bob y los muchachos: Charlie Sexton, Larry Campbell y el querido Tony Garnier, con su traje violeta, doce años tocando el bajo. Cuando termina la actuación, la banda se queda ahí parada durante un minuto, más o menos, y mira al público. Ninguno dice nada: se limitan a dejar la vista perdida en el horizonte frío, como en un western de mala muerte. Bob apoya la mano en la cadera, al estilo de Bette Davis.
"¡Bob!", grité desde el borde del escenario. "¡Perdón! ¡Perdón por haber dicho que te deseaba la muerte!"
Pero, al contrario de lo que ocurrió con el grito de "¡Judas!" en el Manchester Free Trade Hall, en julio del 66, mis palabras no llegaron a su destino. Dylan no se dio vuelta para decirme "mentiroso", para retrucarme "¡No te creo!". En Hartford, Scranton, Saratoga, Camden y Columbia, Bob no me miró ni una sola vez. Finalmente, un amigo me dijo que me callara la boca. Mi amigo, un entendido en Dylan que sabe de estas cosas, me aseguró que, si seguía insistiendo en disculparme, correría el riesgo de convertirme en "un perfil". Así es como la "Oficina Dylan", con su conocida paranoia (y la paranoia es una constante inamovible en el mundo Dylanológico), llama a todos aquellos que tratan de acercarse demasiado, a los que intentan agresivamente quebrar la línea que separa a El de nos-otros, los que pretenden más acceso del que merecen.
-Si Bob quiere perdonarte, probablemente ya te perdonó -dijo mi amigo.
Y en eso pensé un par de días después, cuando regresaba en auto a Nueva York con mi esposa. Habíamos pensado que podríamos volver a ver a Bob esa noche, con lo cual habríamos llegado a los ocho recitales seguidos, pero se habían terminado las vacaciones. Entonces rumbeamos a casa y llegamos al túnel Holland poco después de las 7 de la tarde, más o menos la hora a la que Dylan habría subido al escenario.
-Buscá una canción de Bob Dylan en la radio -le dije a mi mujer. Se trataba sin duda de un gesto inútil, ya que desde aquella vez que el locutor Murray the K dijo que "Like a Rolling Stone", de siete minutos de duración, era una de las canciones del Top Ten, han pasado unos treinta y cuatro años. Ahora casi nunca difunden temas de Bob Dylan por la radio de Nueva York, exceptuando los que aparecieron en películas, como "Hurricane" (que Bob no canta en vivo desde 1976).
Y de todos modos ahí estaba, mientras nos acercábamos a la cabina del peaje. Sonaba casi imperceptible, pero no había modo de confundirse: era "Desolation Row". Dylan había resucitado esa canción para esta gira y la había tocado varias noches seguidas, siempre en el tercer lugar de la lista de temas. Había muchas posibilidades de que la estuviera tocando en ese mismo instante, en el campo embarrado de Waterloo Village, en el norte de Jersey. Sinatra, de viejo, hizo "My Way"; Elvis, cerca de su fin, también hizo "My Way". Dylan hace "Desolation Row".
La primera vez que la escuché fue la primera vez que la tocó, la noche en que lo abucheé en Forest Hills. The New York Times, en una crítica que guardé, la calificó como "una nueva composición esencial". Ahora la estrofa de "Titanic zarpa al amanecer" se perdía mientras entrábamos en el túnel. ¿Había absolución en esta gracia divina? ¿Era el recurso que tenía Bob para sacarme la maldición? ¿Quién lo sabía? En mi tiempo de Dylanología, las cosas siempre han funcionado así. Te olvidás de él durante una década o más, y después te vuelve a aparecer en la cabeza, y de repente es cuestión de vida o muerte, otra vez.
Por Mark Jacobson






Dylan golpeando a A.J. Weberman " inventor" de la dylanologia


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