lunes, 8 de junio de 2009

Criminologia





EL HOTEL DE LOS HORROES DEL DR.HOLMES







Herman Webster Mudgett, “El Dr. H. H. Holmes” (1861–7 de mayo de 1896) fue un asesino en
serie americano que capturó, torturó y asesinó a unos doscientos huéspedes en su hotel de Chicago, que llegó a conocerse con los nombres de “The Castle” o “The Murder Castle”. Se trataba de un hombre alto, apuesto, elegantemente vestido, un verdadero seductor que lograba con facilidad la confianza de las mujeres.
Su hotel se encontraba en el suburbio de Englewood en Chicago y, todavía en la actualidad, puede considerarse la “mansión de matar” más sofisticada de la historia de la criminología. El aspecto exterior del edificio era algo extraño, pero indudablemente su interior lo era aún más: toda la estructura estaba llena de cuartos insonorizados, pasadizos secretos, toboganes que conducían al sótano, trampas, agujeros disimulados en las paredes que permitían ver lo que sucedía en las habitaciones e, incluso, cañerías de gas colocadas debajo del parquet, que se accionaban desde el subsuelo para asfixiar a los huéspedes. En los sótanos había un horno crematorio, una tinaja con ácido sulfúrico, pilas con cal viva y una mesa de disección anatómica, con numerosos bisturíes,

Herman Webster Mudgett nació en 1860 en Gilmanton, en el seno de una acaudalada y puritana familia de New Hampshire. Era un muchacho problemático, cruel con los animales y los niños pequeños. Sin embargo, sabía ser encantador con las mujeres. Desde muy joven se interesó por conquistar a mujeres adineradas para vivir a su costa. En 1878, con 18 años, se casó con una joven llamada Clara Lovering, hija de un próspero granjero de Loudon (New Hampshire). En 1879 inicia sus estudios de medicina en la Universidad de Michigan, cuyos gastos fueron sufragados con la herencia de su esposa. Mientras era estudiante, ideó un método para conseguir estafar a las compañías de seguros: robaba cadáveres del laboratorio, los desfiguraba y los colocaba en lugares de forma que parecía que habían muerto en accidente. Con anterioridad, Holmes había contratado polizas de seguros sobre supuestos familiares de los cadáveres y recogía el dinero cuando los cuerpos eran descubiertos.
Después de asegurar un cadáver por 12.500 dólares y tener éxito en este fraude se marchó de Michigan y abandonó a su mujer y a su pequeño hijo.
Durante unos seis años se supo poco de Holmes. Al parecer estuvo en diferentes estados. Decidió marcharse al estado de Nueva York, enseñó en la escuela de Clinton County, alojándose en la casa de un granjero a cuya esposa sedujo, dejó embarazada y abandonó dejando, incluso, la cuenta sin pagar. En 1885 se trasladó a Chicago.
Mudgett tuvo incontables conquistas. Enamoró a una preciosa y millonaria joven llamada Myrtle Z. Belknap. La chica, en un principio, ofreció ciertas resistencias pero Mudgett consiguió ganar su confianza y se casó con ella (a pesar de no tener el divorcio de su primera mujer) y tuvieron una hija. A través de unas falsificaciones de escrituras, estafó a su familia política 5.000 dólares, que empleó en construir, en Wilmette, una lujosa residencia.
En 1887 logró, en las afueras de Englewood, una comunidad tranquila del sur de Chicago, la gerencia de una farmacia propiedad de una ingenua viuda, “Mrs. Dr. Holden”, una señora mayor de la que fue su amante y hombre de confianza. La cortesía y el encanto de Holmes atrajeron a muchas damas al establecimiento. La señora Holden estaba muy feliz con la prosperidad de su negocio. Sin embargo, su hombre de confianza, mediante falsificaciones de contabilidad y malversaciones de fondos, se hizo el dueño de todos los bienes de la viuda, a la que hizo “desaparecer”. Él afirmó que le había comprado la farmacia justo antes de que ella decidiera marcharse al oeste.
Mudgett ideó, entonces, construir un hotel que se inaugurase para la Exposición Universal de Chicago de 1893 y, así, aprovechar el gran número de personas que acudirían a la ciudad, entre las que se encontrarían muchas mujeres ricas y solas. Holmes, a través de una serie de estafas, consiguió un solar junto a su farmacia e inició en 1890 la construcción de un extraño hotel con aspecto de fortaleza medieval, cuya interior diseñó él mismo. No hay registros en los que aparezca cómo Holmes decidió llamar a su hotel, pero siempre fue conocido como “The Murder Castle”. Recurrió a numerosas empresas de construcción, que despedía al poco tiempo y a las que nunca pagaba. Los cambios constantes hacían que sólo Holmes conociese en profundidad el edificio cuyo extraña construcción podía haber levantado las sospechas de la gente. El hotel tenía tres plantas, un sótano y unas falsas almenas. Había más de 60 habitaciones y 51 puertas. En el edificio había numerosas trampillas, escaleras ocultas, pasadizos secretos, cuartos sin ventana, toboganes que conducían al sótano y puertas correderas que daban a un complejo laberinto de pasillos secretos desde los cuales, por unas ventanillas disimuladas en las paredes, Holmes observaba el movimiento de sus clientes, sobre todo si eran mujeres.La primera planta del edificio tenía almacenes y tiendas mientras que las plantas superiores estaban ocupadas por amplias estancias . En la segunda planta se encontraba una oficina de Holmes. La mayoría de las habitaciones estaban destinadas a los huéspedes.
Bajo el parquet, una instalación eléctrica le permitía seguir en un panel indicador instalado en su despacho el desplazamiento de los huéspedes. Acabar con sus vidas era fácil. Con sólo abrir unos grifos de gas, podía asfixiar a los ocupantes de varias habitaciones. Otras estancias tenían sopletes en las paredes recubiertas de planchas de hierro. Un montacargas y dos toboganes servían para hacer bajar los cadáveres a una bodega, donde podían ser disueltos en una cubeta de ácido sulfúrico, reducidos a polvo en un incinerador o sumergidos en unas cubas llena de cal viva.Este sádico asesino podía también torturar a sus víctimas antes de acabar con sus vidas. En una habitación, que llamaba “el calabozo”, tenía innumerables objetos de tortura. Entre las máquinas sádicas instaladas por Holmes, llamó la atención de los periodistas el autómata que permitía cosquillear la planta de los pies de las víctimas hasta que literalmente morían de risa.
Si alguna víctima intentaba escapar de su celda, se activaba una alarma que sonaba en las habitaciones de Holmes. La policía dedujo que algunos de los desdichados huéspedes fueron mantenidos en cautividad durante meses antes de su muerte.
Al terminar la Exposición, había una lista de desaparecidos demasiado larga. En el caso de al menos 50 personas desaparecidas la pista se perdía en el hotel de Holmes. Éstas habían llegado hasta el hotel buscando alojamiento, trabajo o matrimonio. Mudgett atraía a mujeres por medio de anuncios en los periódicos en los que ofrecía empleo o una relación seria. Cuando se convencía de que ellas no le habían dicho a nadie ningún dato que lo implicase, las hacía presas y las mataba. A algunas las torturaba antes para que confesaran dónde se encontraban su dinero u objetos de valor.
Una de sus víctimas fue Minnie Williams. Trabajaba en una escuela privada de Chicago y era heredera de una gran fortuna en Texas. Pronto se prometieron para casarse, lo que despertó la ira de su amante, Julia Connor, casada con uno de sus empleados, Ned Connor. Al poco tiempo, Julia y la hija que tuvo con Ned, llamada Pearl, desaparecieron. Cuando el marido le preguntó por ellas, Holmes le dijo que se habían ido a Michigan. No obstante, una vez detenido, llegó a confesar que asesinó a Julia y a su hija por los celos que sentía la primera pero que de todos modos, antes o después, lo habría hecho porque estaba harto de ella.
Minnie vivió en el hotel durante más de un año y llegó a descubrir la vida oculta de su marido. La policía creía que incluso fue la instigadora de algunos crímenes, como el asesinato de Emily Van Tassel, una chica de 17 años que trabajaba en una tienda de caramelos del hotel y que desapareció un mes después de ser contratada. Minnie también sabía del asesinato de Emmeline Cigrand, una bella joven taquígrafa. Holmes llegó a declarar que la encerró en uno de sus cuartos insonorizados y que la violó. Según Mudgett, después la mató porque su mujer se sentía celosa. También asesinó al novio de la chica, que pasó por el hotel preguntando por ella. Holmes llegó a describir cómo empleó un “experimento” de estiramiento para acabar con su vida.
Cuando la hermana de su mujer, Nannie, pasó una temporada con el matrimonio, Mudgett la convirtió en su amante. Según declaró Holmes, cuando Minnie se enteró, en un ataque de ira, acabó con la vida de su hermana golpeándola en la cabeza con una silla. Se deshicieron del cuerpo arrojándolo al lago Michigan.
Posteriormente, el doctor se casó con una mujer de mala reputación llamada Georgianna, a la que le dijo que Minnie era su prima. Lo realmente curioso es que en la boda Minnie participó como testigo.
En Texas reclamó una propiedad de Minnie e hizo una estafa con caballos muy lucrativa pero que, más tarde, se volvería en su contra.
Los tres volvieron a Chicago y esta fue la última vez que Minnie fue vista con vida. Holmes explicó a la policía que él creía que su mujer había huido a Europa tras asesinar a su hermana en un ataque de pasión. No obstante, después reconocería que también asesinó a Minnie.

En julio de 1894 el doctor fue arrestado por una de sus estafas: el timo de los caballos del que antes hablamos. Georgianna pagó la fianza y salió de la cárcel. Mientras estuvo en prisión entabló relación con un ladrón de trenes llamado Marion Hedgepeth que tenía una condena de 25 años. Holmes ideó engañar a una compañía aseguradora tomando una poliza de 20.000 en caso de su propia muerte. Mudgett le prometió una comisión de 500 dólares a Hedgepeth a cambio del nombre de un abogado en el que pudiera confiar. El ladrón de trenes lo dirigió al Coronel Jeptha Howe, que encontró brillante el fraude. El doctor llevó un cadáver a una playa de Rhode Island y lo quemó desfigurando su cabeza. Tras afeitarse la barba y cambiar su apariencia todo lo que pudo, volvió a su hotel registrándose con otro nombre. Hizo como si investigara sobre su amigo Holmes. Cuando el cuerpo apareció en la playa, él lo identificó como H. H. Holmes para cobrar la póliza. Pero la compañía de seguros sospechó que había fraude y no quiso pagar. El doctor volvió a Chicago y comenzó a preparar una nueva versión del fraude.
Mantuvo una conferencia con el Coronel Jeptha Howe y su amigo Benjamin Pietzel. Éste último se fue a Filadelfia con su mujer Carrie y abrió una tienda de patentes con el nombre de B. F. Perry. Sacarían un seguro de vida en una compañía de Filadelfia. Simularían la muerte de Pietzel a través de un cadáver anónimo desfigurado por un accidente. La prima, que cobraría la “viuda” de Pietzel, se repartiría entre Holmes y Pietzel, y éste último desaparecería durante algún tiempo en Sudamérica. Pero Holmes cambió de planes e hizo desaparecer de verdad a su socio. Esta solución tenía la ventaja de evitar el reparto de la prima que sería íntegramente para él.

Holmes acudió a la morgue para reconocer el cuerpo de Pietzel. Después, el abogado de Carrie, la mujer de Pietzel, reclamó la prima al seguro.
Holmes creía que todo estaba saliendo a la perfección pero desconocía que su antiguo compañero de celda, Marion Hedgepeth, al que no pagó los 500 dólares prometidos, terminaría acabando con su suerte.
Hedgepeth informó del fraude que Holmes le contó en prisión a un policía de San Luis, que lo notificó a un investigador de seguros, quien a su vez informó a un veterano detective de Pinkerton, Frank Geyer. Éste inició una investigación.

Mientras tanto, Holmes engañó a Carrie diciéndole que su marido estaba oculto en Nueva York. La envió al Este para que se reuniera con él en Detroit. El doctor se quedó con sus tres hijos. Llegó a Detroit unos días antes que Carrie y puso a los niños en una pensión. Cuando llegó Carrie se alojó en otro establecimiento. El doctor empezó a trasladarse por el país, pues ya sabía que el detective de Pinkerton estaba tras su pista.
El 17 de noviembre de 1894 Holmes apareció sólo en Boston, fue detenido y enviado a Filadelfia por el fraude de los caballos y le dieron la opción de volver a Texas y ser ahorcado como ladrón de caballos o confesar el fraude del seguro que condujo a la muerte de Pietzel. Él escogió lo segundo y fue enviado a Filadelfia. Una semana más tarde localizaron a Georgianna en Indiana y Carrie fue encontrada en Burlington (Vermont), donde Holmes le había alquilado una casa mientras esperaba la llegada de su familia. Carrie fue arrestada pero la soltaron al poco tiempo.
El detective Geyer fue descubriendo los secretos de Holmes y empezó a preocuparse por los tres niños de Pietzel. Holmes juró que Minnie se había llevado a Londres a los niños. Firmó una declaración de culpabilidad por el fraude del seguro pero Geyer sabía que había mucho más.
En Chicago, Geyer empezó a seguir la pista del correo del doctor y vio que circulaba por el país, sin duda para despistar. Siguió los pasos de Holmes a través de las casas que alquilaba en cada ciudad. En Detroit, una casa alquilada por Holmes tenía un agujero muy grande en el sótano. Se sintió aliviado al descubrir que estaba vacío. En Toronto buscó ocho días hasta que encontró una casita de campo alquilada a un hombre acompañado por dos niñas que encajaba perfectamente en la descripción de Holmes. Se enteró de que este individuo había pedido a un vecino una pala para cavar un agujero para almacenar patatas. Geyer descubrió finalmente los cuerpos enterrados de Nellie y Alice. En el dormitorio vio un baúl grande del que salía un trozo de tubería conectado al gas. Holmes terminó admitiendo que las metió en el baúl “jugando al escondite” y las asfixió.

Preguntando a los vecinos, Geyer descubrió que las niñas hablaron de un hermano que vivía en Indianápolis. Con esta pista Geyer buscó en 900 casas intentando localizar al niño. Finalmente, en un suburbio de Irvington, encontró la casa alquilada por Holmes. En la estufa de la cocina había restos carbonizados del pequeño.

Geyer estaba seguro de que en el hotel habría muchas más respuestas. Entró en el edificio con varios policías y ni siquiera los más veteranos pudiron olvidar nunca lo que encontraron allí. Los crematorios aún tenían cenizas de cadáveres y huesos. Buscando en las cenizas, apareció un reloj que pertenecía a Minnie y varias fotografías chamuscadas. La huella del cuerpo desnudo de una mujer se encontró en una pila de cal viva. Aparecieron docenas de huesos de cuerpos humanos y varias piezas de joyería que pertenecieron a las amantes de Holmes. Ned Connor identificó el vestido ensangrentado que perteneció a su mujer, Julia. Se descubrieron también los huesos de una niña de unos seis años, Pearl Connor, en un agujero en el suelo.
Después de retirar las pruebas y los restos humanos, el Castillo estuvo vacío durante meses, y la gente fue allí a curiosear: no podían creer lo que había sucedido en su ciudad.
El 19 de agosto el hotel se quemó hasta reducirse a cenizas. Tres explosiones tronaron en la ciudad poco después de la medianoche y minutos más tarde un enorme resplandor salió del edificio abandonado. En menos de una hora comenzó a derrumbarse. Hubo rumores de que los cómplices de Holmes incendiaron la casa para evitar que la policía pudiera implicarlos. El solar, en el 1938, sería ocupado por una oficina de correos.
El juicio comenzó en Filadelfia en octubre de 1895. Sólo duró seis días. Los periódicos lo relataron de una manera sensacionalista. En la sala del Tribunal, Holmes creó muchas escenas impactantes. Perdió el control y se puso a llorar cuando Georgianna subió al estrado como testigo del Estado. Despidió a sus abogados e intentó conducir su propia defensa. Se decía que Holmes fue excepcional como abogado pero que, de todos modos, no pudo salvarse. El 30 de noviembre el juez firmó una sentencia de muerte que, finalmente, se aplicó el 7 de mayo de 1896. Justo antes de su ejecución, le visitaron dos sacerdotes católicos en su celda. Tomó la comunión con ellos pero rechazó pedir perdón por sus crímenes. Su ejecución, que duró 15 minutos, fue presenciada por numerosos espectadores. Este frío psicópata sólo tenía treinta y cinco años.

Es difícil saber cuántas personas fueron torturadas y asesinadas por el Dr. Holmes. Los criminólogos opinan que doscientas es una cifra verosímil, teniendo en cuenta simplemente la importancia de las instalaciones que había colocado en su hotel y que, además, se trataba de un individuo que sentía gran placer con el asesinato. Holmes sólo confesó veintisiete, pero durante el juicio demostró que disfrutaba burlándose de la justicia. Por ejemplo, confesaba el asesinato de personas que estaban vivas. Lo cierto es que nunca se sabrá el número exacto de sus víctimas.

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