jueves, 2 de julio de 2009

John cheever genio del cuento del siglo xx



Dicen que en la escuela, cuando Cheever era niño, la profesora decía a su clase que si se portaban bien, al final, dejaría que John (Cheever) les contara una historia. Y John las contaba de todos los tonos , temas, pelajes, colores, texturas. Y así es Cheever, una mente preparada para ametrallar a historias;


Si la vida de Franz Kafka quedaba definida por un cuadrado, en John Cheever se dibujó un triángulo: por un lado, la familia, por otro, la depresión, la lujuria y el alcoholismo, para finalmente llegar al anhelo del equilibrio. Lados opuestos que marcarán el hilo conductor de sus Diarios (Emecé, 2004). Un drama de impulsos, cuya canalización se mira en su arte, en su escritura.


"Nuestro país es el mejor país del mundo. Nadamos en prosperidad y nuestro presidente es el mejor presidente del mundo. [...] En el colegio, Estados Unidos es siempre hermoso y está muy mal que así sea. Está mal porque la gente se lo cree, porque se reproducen y votan y no saben nada. Porque el periódico está siempre de buen humor. Porque todo lo que ellos saben y conocen es lo que les dice el periódico siempre de buen humor" (Expelled, 1930).


Lo escribió adelantándose a casi todo en materia de americanismo crítico. Así, sus retratos de la clase media superan en acidez a los de Updike, y sus reproches al sueño americano se adelantan a los de Gore Vidal, pero la cuestión radica en ver que Cheever, como un día señaló Bellow, trató de "hallar evidencia de una vida moral en el caos de una sociedad" que tal vez no se merecía su fortuna, ofuscada como está siempre por su propia sombra gigantesca.


. La grandeza de Cheever se encuentra asimismo en su extraordinaria conciencia literaria, que eleva al escritor a la condición de creador, espoleado por la evidencia de que la escritura nos explica a la vez que nos salva, como quiso Steinbeck, de abismos emocionales. Meticuloso hasta el cansancio, no deja al azar ni un solo vocablo, deteniéndose como un orfebre en decidir el orden de la frase, la posición del adjetivo, el ritmo del diálogo y el milimetrado diseño del arranque del relato: "la ficción es experimentación. Uno nunca escribe una oración sin sentir que jamás ha sido escrita de esa manera. Cada línea es una innovación" que persigue la transmisión veraz de las emociones, alejada, como el propio Cheever escribe en sus Diarios.


Sacerdote del cuento y legendario autor de los mejores años de The New Yorker, ningún lector sensible debiera eludir los relatos de Cheever. Quienes aún no se hayan rendido a su talento, lean la experimental "Miscelánea de personajes que no figurarán", alcancen a leer a Homero a través de "El nadador", sigan luego a su antojo y verán con excepcional nitidez el modo en que sus palabras iluminan y subliman un mundo en penumbra. ~




Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece apenas un grano de arena. Es como una jaqueca, una indigestión leve, un dedo infectado; pero pierdes el de las 8.20 y llegas tarde para solicitar un aumento de crédito. El viejo amigo con quien vas a comer de repente agota tu paciencia y para mostrarte amable te tomas tres copas, pero el día ya ha perdido forma, sentido y significado. Para recuperar cierta intencionalidad y belleza bebes demasiado en las reuniones, te propasas con la mujer de otro y acabas por cometer una tontería obscena y a la mañana siguiente desearías estar muerto. Pero cuando tratas de repasar el camino que te ha conducido a este abismo, sólo encuentras el grano de arena.




Esta mañana a misa. Creo que voy a confirmarme. Mi idea, esta mañana, es que hay amor en nuestra concepción; que no nos amasó una pareja en celo en un hotel de segunda. Puedo reprocharme el ser neurótico y disimular mis deficiencias litúrgicas, pero eso no me llevará a ninguna parte.de sus Diarios (Emecé, 1996)
Sentado en las piedras frente a la casa, mientras bebo whisky escocés y leo a Esquilo, pienso en nuestras aptitudes. Cómo recompensamos nuestros apetitos, conservamos la piel limpia y tibia y satisfacemos anhelos y lujurias. No aspiro a nada mejor que estos árboles oscuros y esta luz dorada. Leo griego y pienso que el publicista que vive en frente tal vez haga lo mismo; que cuando la guerra nos da un respiro, hasta la mente del agente publicitario se inclina por las cosas buenas. Mary está arriba y dentro de poco iré a imponer mi voluntad. Ésa es la punzante emoción de nuestra mortalidad, el vínculo entre las piedras mojadas por la lluvia y el vello que crece en nuestros cuerpos. Pero mientras nos besamos y susurramos, el niño se sube a un taburete y engulle no sé qué arseniato sódico azucarado para matar hormigas. No hay una verdadera conexión entre el amor y el veneno, pero parecen puntos en el mismo mapa.
Lo que llamamos pena o dolor suele ser nuestra incapacidad para entablar una relación viable con el mundo; con este paraíso casi perdido. A veces comprendemos las razones, a veces no. A veces, al despertar, descubrimos que la lente de aumento que magnifica la excelencia del mundo y sus habitantes está rota. Eso es lo que sucedió el sábado. Planté unos bulbos y antes de almorzar me tomé un par de ginebras. Pero nervioso. Luego a jugar fútbol, lo que me parece un paso en la dirección indicada; un medio de relacionarnos con el cielo azul, los árboles, el color del río y unos con otros. Una cena aburrida con amigos y vecinos. A misa temprano. Un día ininterrumpido y espléndido. Los S. A tomar una copa. Les di a leer ‘The Country Husband’. Puedo intuir por dónde flaquearían durante una crisis social, por lo que el relato puede causarles rechazo. Pese a todo, los quiero mucho. Más tarde llevé a la perra a pasear por un jardín desolado. Sobre las piedras, bajo la arboleda, vi un cardenal muerto. Unos crisantemos enanos entre las piedras y el pájaro color sangre. El mármol poroso de los adornos sigue empapado con el agua de la lluvia de la semana pasada. Eché una mirada en el invernadero. Las higueras están cargadas de fruta, pero algunas hojas están marchitas. Como el pájaro muerto de colores brillantes -un pájaro que siempre asocio con el amor y la alegría-, me pareció un vago portento -que tontería-, pero parte de la fría claridad, la belleza de la tarde. Sólo que todo, las luces encendidas en la casa grande, el oro cincelado de los árboles, parece afirmar nuestra buena salud. Es hermoso, pienso, pero tal vez mi buen ánimo dependa del jardín de un rico. En el mundo -en sus calles y rostros- hay una fealdad inevitable; ¿el texto sería el mismo si contemplara una casa desdichada? Creo que sí.


He vuelto con sentimientos encontrados. Bajo este techo he conocido mucha felicidad y mucha desdicha. La casa es encantadora, el olmo espléndido, hay agua donde termina el jardín, y sin embargo quisiera ir a otra parte; quisiera irme de aquí. Tal vez se deba a mi esencial falta de responsabilidad; a no estar dispuesto a acarrear la carga legítima del padre de familia, o jefe de la casa. No importa cómo lo mire, me parece mezquino, de un provincianismo obstuso. Es en parte el provincianismo en el ambiente lo que hace que quiera mandarlo todo a hacer puñetas. Anhelo una comunidad más rica, como todo el mundo. He despertado al amanecer. He paseado por el jardín vestido con el traje de cumpleaños. Disfruté del cielo pálido y del olmo monumental, pero sin dejar de pensar; es mejor en las montañas, en cualquier otra parte. He pasado demasiado tiempo aquí.de sus Diarios (Emecé, 1996)


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