sábado, 30 de mayo de 2009

grandes momentos de la humanidad



el último salto de nijinsky











el gran bailarín Vaslav Nijinsky, que debutó con el ballet imperial ruso en 1907. Luego se trasladó a París donde pronto adquirió fama internacional. Abandonó su carrera en 1918 atrapado por una esquizofrenia de la que nunca se recuperó.
Ya en su etapa de decadencia física, excedido de peso, el bailarín Sergei Lifar lo visita con la intención de reavivar su memoria y ejecuta ejercicios en la barra mostrándole algunos pasos de sus coreografías. El gran artista permanecía impávido y ajeno ante aquellas evoluciones. Entonces, de repente y sin preparación alguna, de espaldas a la barra, Nijinsky salta, como si algún mecanismo arraigado en su cerebro le hubiera dado las claves para lograr esa figura y ese momento es registrado por el objetivo de un fotógrafo.




Muchos años antes Nijinsky protagonizó otro mítico salto, el salto que le llevaría de la noche a la mañana a la celebridad:





"En el pas de trois de “El pabellón…”, Nijinsky, cuando Karsavina y Baldina se retiraban, en vez de correr tras ellas como estaba estipulado, decidió acaso en una fracción de segundo saltar en vez de hacer la carrerita. Este salto decidió la suerte no sólo de la noche, si no de las siguientes temporadas de los Ballets Rusos, y la del propio Diaghilev. Si los Ballets Rusos conmocionaron el mundo de la danza, habría que comenzar por este salto que decidió todo lo que vendría luego.
Fue el primero de esos saltos legendarios de Nijinsky: el público lo veía elevándose, pero no se percataba de cuando regresaba al suelo. Los espectadores no supieron cómo reaccionar: enmudecieron y carraspearon, pero enseguida estallaron en una ovación incontenible. Diaghilev supo en ese momento que el futuro le pertenecía.
Nijinsky había ejecutado su salto oponiéndose a la coreografía de Fokine, quien aunque no desdeñaba la escuela clásica, manifestaba su aprensión contra el virtuosismo. ¿Qué habría pensado su admirada Isadora, sentada como “bella mujer” en el público, feroz enemiga del ballet? Pero a quien le podía importar lo que pensase Duncan, si la suerte ya estaba echada.
El público no se contentó con delirar en aplausos. Al final, inundó la escena para preguntarle a Nijinsky cómo lograba mantenerse en el aire. “Oh, es muy fácil: uno se eleva y después se detiene allá arriba”.




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