viernes, 14 de agosto de 2009

mundo infantil

El niño salvaje Cau cau





Agosto de 1948. Llanquihue, Décima Región, en la Patagonia chilena. Los asustados vecinos de Puerto Varas solicitan la intervención de los carabineros: “Hacía varios días que los lugareños notaban una extraña presencia: alguien, o algo, andaba merodeando en los potreros, mamando de las vacas y robando huevos de los gallineros. Tenían miedo. Rodeados de leyendas indígenas que hablaban de criaturas terroríficas, creyeron que se trataba de una especie de monstruo. Porque, además, cuando caía la noche, se escuchaba un inquietante aullido”.
Se organiza una batida con perros de caza, a cargo del teniente José Elías Fuentealba y en poco tiempo se encuentra al intruso: un ser cubierto de pelos, piel llena de cicatrices y callosidades, que andaba a gatas, aullaba y emitía un sonido que parecía “cau-cau”. Era un niño de unos 8 años de edad que fue enviado a la cárcel pública de Puerto Varas.
El pobre niño estaba asustado y ponía los ojos en blanco. Parecía un oligofrénico por lo que pronto fue enviado al Hospicio de Santiago en donde fue estudiado y se determinó que su atraso era debido a la mala utilización de un forceps durante el parto. Poseía unas habilidades peculiares: podía ver en la oscuridad, tenía una gran fuerza y su sentido del olfato estaba muy desarrollado: lograba distinguir el olor de la carroña a kilómetros de distancia.
Al parecer provenía de alguna familia indígena de la región de Llanquihue. Vicente (que así lo bautizaron) recordaría que sus padres eran alcohólicos y se ocupaban muy poco de sus hijos. Vicente se fue alejando poco a poco de la casa hasta abandonarla por completo siendo todavía muy niño, tal vez unos 3 o 4 años.
En el bosque, al interior de Osorno, Vicente se alimentaba de raíces y plantas. Desarrolló una gran fuerza y su cuerpo se cubrió de un vello espeso y de múltiples cicatrices y callosidades. Dicen que vivió con una puma que lo amamantó y cuidó durante 7 u 8 años, pero de esa parte de su vida nada está claro.
Luego de ser capturado por los carabineros, Cau Cau se convirtió en un imán para la prensa, pero luego fue olvidado. Pasó dos años en el Hospicio de Santiago. Por las noches se ponía a gatas y comenzaba a aullar.
Del hospicio lo rescató una profesora de castellano y especialista en lenguaje, de Villa Alemana, llamada Berta Riquelme, cuando ya tenía 12 años. “Mamá Berta”, como la llamaba Vicente, le dio el cariño que nunca tuvo y le enseñó a hablar, leer y escribir. También le dio un hogar, le enseñó a comer, pues tomaba los alimentos crudos y sin usar las manos, a caminar erguido y a asearse.
Por ese entonces comenzó a coleccionar calcetines, corbatas y botones. También fue estudiado por varios de los principales doctores chilenos: Armando Roa, Gustavo Vila (cuñado de Berta) y la doctora Capdeville.
Esta etapa no duró mucho. En 1965 Berta Riquelme falleció dejando nuevamente desamparado a Vicente. A sus 25 años se pasaba todas las tardes en el cementerio regando la tumba de su madre adoptiva para que pudiera salir y estar nuevamente con él. Luego se obsesionó con la muerte. No es que le temiera. Lo que le daba miedo era que lo fueran a cortar en pedazos para luego tirarlo al mar. Si moría, se quería quedar al lado de Berta: “En el cementerio sí, al lado de mamá Berta”.
La hermana de Berta se hizo cargo de Vicente y lo llevó a vivir a Santiago. Ahí trabajó de acomodador de autos. Ahí también se reunió con Cristian Vila Riquelme, el sobrino de Berta al que había visto nacer y que paseaba cuando era “guagua”. Cristian llegaría a escribir su vida en una novela titulada Crónicas del niño lobo.
Con el tiempo Vicente se fue a vivir a Horcón y luego a Campiche en donde trabajó con la señora Irma que por ese entonces lo había acogido en su casa. La primera vez que estuvo en Horcón fue en 1957 cuando fue a la casa de verano de los Vila.
En 1973 se hizo presente un medio hermano de Vicente, pero su relación se mantuvo con visitas que se fueron distanciando cada vez más en el tiempo.
Al paso de los años, Vicente fue perdiendo varias de sus características salvajes. Lo primero fue el espeso vello que le cubría casi todo el cuerpo, luego fue el olfato y la visión nocturna.
Dicen que la famosa playa de Cau Cau le debe su nombre a Vicente.

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