viernes, 7 de agosto de 2009

Grandes cuentistas

Julio ramón Ribeyro



Un empleado mediocre se emborracha una noche con su jefe. Entre los vapores del alcohol, se hacen grandes amigos, se juran fidelidad, se prometen hermandad eterna. El empleado se siente valorado, gratificado. Pero al día siguiente, cuando llega al trabajo y saluda confiadamente a su nuevo compañero, el jefe apenas recuerda su nombre.


Un hombre que deambula por el malecón entra en un bar y traba conversación con la camarera. Entre copas y bromas, coquetean. Al final de la noche, ella le pide que lo ayude a cerrar el local. Él carga las pesadas sillas pensando que tiene asegurada una cama caliente para paliar su soledad. Pero después de cerrar, ella lo deja fuera, solo, abandonado a la fría y húmeda intemperie.


Esos son dos argumentos de Julio Ramón Ribeyro, sin duda el cuentista peruano más importante del siglo XX. En una época en que la novela latinoamericana engordaba, rompía los moldes y desbordaba los límites del lenguaje, Ribeyro se convirtió en un observador de lo cotidiano, de los pequeños gestos, del gris habitual de la existencia. Por eso, el género que más cultivó –y el que mejor se adecuaba a su sensibilidad– era el cuento, en el que prima la sencillez narrativa y los detalles adquieren un valor mucho mayor que en la vorágine de la novela. Y también por eso despreciaba “la ostentación literaria de muchos escritores latinoamericanos. Su complejo de proceder de zonas periféricas, subdesarrolladas, su temor a que los tomen por incultos [...] Aspecto nuevo rico de sus obras: palacetes heteróclitos, monstruosos, recargados […] Su propio brillo los desluce.”



aquí un fragmento Donde el escritor Vila-Matas nos cuenta su encuentro con el genial cuentista peruano.


Lo más probable es que las galeradas que a finales del 74 transporté de Barcelona a París fueron las de Prosas apátridas, artefacto literario que con el tiempo se convertiría en uno de mis libros favoritos. Beatriz de Moura, su editora en España, me dijo que ya que iba a París pasara por la casa del peruano Julio Ramón Ribeyro y le entregara esas galeradas. Creo que no había oído hablar nunca de Ribeyro, pero la misión que me habían encargado me la tomé muy en serio, como si fuera la primera responsabilidad que tenía en mi vida. Busqué al llegar a París la dirección de metro más cercana a la plaza Falguière y emprendí un largo viaje hasta la casa del escritor. Subí por una empinada escalera, llamé al timbre y Ribeyro, que estaba jugando con su hijo en el recibidor de la casa, abrió esa puerta en el acto. Yo era muy tímido. Ribeyro, por lo visto, también. "Le traigo esto", dije. Luego he sabido, por su diario personal —La tentación del fracaso, acaba de publicar Seix Barral en España este extraordinario documento, un gran libro—, que para Ribeyro había un paralelismo entre la actividad de su hijo y la suya, entre el juego y la escritura: "El estado de ánimo que a mi hijo le conduce a los juguetes es similar al que me sienta frente a mi máquina. Insatisfacción, aburrimiento, deseo de ceder la palabra al otro o los otros que hay en nosotros mismos..."Ribeyro cogió las galeradas y me observó en silencio. Era alto y enjuto, me pareció que de ambigua fragilidad. "De parte de Beatriz", añadí bastante nervioso. En los segundos que siguieron estuve esperando a que él dijera algo. Cuando me pareció que iba a decirlo, huí de allí, y lo hice a causa del pánico que mi timidez y la suya habían provocado en mí. Bajé a gran velocidad las escaleras y cuando me hallaba ya en la primera planta y sentía que iba a alcanzar pronto el aire fresco y liberador de la calle, oí de repente la voz del escritor llegando, amortiguada por la risa feliz de su hijo, desde lo alto del hueco de la lúgubre escalera.—Sosiéguese —oí perfectamente que me decía.Es paradójico. Ha pasado el tiempo y ese tímido, fugaz y frío encuentro lo recuerdo muy cálido. Ignoro de dónde viene ese calor que llega de tan lejos y llega tanto tiempo después. El caso es que el peruano tímido que aquel día me aconsejó sosegarme era alguien que, andando por el bulevar Saint-Michel, se daba cuenta de que su marcha determinaba no sólo la de las personas que venían inmediatamente hacia él —y que tenían que esquivarle— sino la de aquellas que se encontraban cinco, diez, o cien manzanas más lejos. Bastaba que él modificara su andar o que se detuviera ante un escaparate para que toda la circulación de peatones sufriera de inmediato una modificación en apariencia mínima, pero cuyas repercusiones eran literalmente infinitas. Un movimiento de aceleración o de retraso podía determinar que a cinco o diez manzanas de allí, un peatón perdiera la luz verde y tuviera que esperarse o fuera atropellado por un coche. Pero también se daba cuenta de que a su vez su marcha estaba determinada por la de las personas con las que se cruzaba o tropezaba, y vio que en realidad si él en parte dirigía, también era dirigido.Conoció muchos días de lluvia, muchos días extraños. Se pasó la mitad de su vida —tal como cuenta Santiago Gamboa en su prólogo al diario— sentado en las terrazas de los cafés, sobre todo cuando estaba en París, mirando a la gente a la que luego en cuerpo y alma trasladaba a sus extraordinarios cuentos en torno a personajes desdichados, sin energía, individualistas, marginados, solitarios hallados en los bulevares periféricos de la vida. También había espiado en Múnich, cuando vivió en esa ciudad una larga temporada, pero ahí de una forma angustiosa: "Aniquilado. Cerca de un mes que no recibo cartas ni de casa, ni de C., ni de París. He pasado toda la semana con la cara pegada a la ventana, espiando la evolución del cartero. El tiempo ha cambiado. Llueve".Solitario con amores, hombre de ambigua fragilidad y de cara pegada a una ventana, hombre que colaboraba con su andar errante en la modificación del tránsito en los bulevares, Ribeyro sentía la tentación del fracaso, lo que le llevaba a una sensación continua de descontento y a una dura interrogación sobre si lo que estaba escribiendo tenía valor. Y al mismo tiempo a un furioso deseo de no realizar una obra maestra, por temor a que le condenara a no hacer nada más, algo que no habría podido soportar nunca, pues —tal como dice en su diario— sólo se sentía bien cuando escribía.Náufrago de sí mismo, vivió en el temor a la obra perfecta mientras se preguntaba si tenía valor lo que escribía. Y de este contradictorio y artístico desasosiego es testigo el magistral diario que ahora se publica, un diario de fatigas de esa frágil y al mismo tiempo poderosa figura que fue Ribeyro, especialista en llegar sin avisar, como ha ocurrido ahora con la publicación de las páginas de su diario: escritor capaz de quedarse quieto y descarriado en la terraza de un café y al mismo tiempo moverse por los bulevares modificando el ritmo del mundo. Ribeyro, tímido y genial al mismo tiempo. Y, como él mismo decía, hombre descarriado por la soledad. Nada se aprende de la soledad, opinaba Brecht. Pero, ¿podría también decirse que nada se crea en el estudio del solitario? No hay duda de que la soledad creó el diario de Ribeyro. Una soledad, como el diario, muy grande. Y es que ella siempre tiene mucho sitio en su casa, es muy hospitalaria. Todos sabemos que la soledad no es sólo espiar al cartero. ~




Espumante en el sótano


Aníbal se detuvo un momento ante la fachada del Ministerio de Educación y contempló, conmovido, los veintidós pisos de ese edificio de concreto y vidrio. Los ómnibus que pasaban rugiendo por la avenida Abancay le impidieron hacer la menos invocación nostálgica y, limitándose a emitir un suspiro, penetró rápidamente por la puerta principal.A pesar de ser las nueve y media de la mañana, el gran hall de la entrada estaba atestado de gente que hacía cola delante de los ascensores. Aníbal cruzó el tumulto, tomó un pasadizo lateral, y en lugar de coger alguna de las escaleras que daban a las luminosas oficinas de los altos, desapareció por una especie de escotilla que comunicaba al sótano.— ¡Ya llegó el hombre! – exclamó, entrando en una habitación cuadrangular, donde tres empleados se dedicaban a clasificar documentos. Pero ni Rojas ni Pinilla ni Calmet levantaron la cara.— ¿Sabes lo que es el occipucio? – Preguntaba Rojas.— ¿Occipucio? Tu madre, por si acaso – Respondió Calmet.— Gentuza – dijo Aníbal —. No saben ni saludar.Solo en ese momento sus tres colegas se percataron que Aníbal Hernández llevaba un termo azul cruzado, un paquete en la mano derecha y dos botellas envueltas en papel celofán, apretadas contra el corazón.— Mira, se nos vuelve a casar el viejo – dijo Pinilla.— Yo diría que es su santo – agregó Rojas.— Nada de eso – protestó Aníbal —. Óiganlo bien: hoy, primero de abril, cumplo veinticinco años en el Ministerio.— ¿Veinticinco años? Ya debes ir pensando en jubilarte – dijo Calmet —. Pero la jubilación completa. La del cajón con cuatro cintas.— Más respeto – dijo Aníbal —.Mi padre me enseñó a entrar en palacio y en choza. Tengo boca para todo gentuza.La puerta se abrió en ese momento y por las escaleras descendió un hombre canoso, con anteojos.— ¿Están listas las copias? El secretario del Ministerio las necesita para las diez.— Buenos días, señor Gómez – dijeron los empleados —. Allí se las hemos dejado al señor Hernández para que las empareje.Aníbal se acercó al recién llegado, haciéndole una reverencia.— Señor Gómez, sería para mí un honor que usted se dignase hacerse presente...— ¿Y las copias?— Justamente, las copias, pero sucede que hoy hace exactamente veinticinco años que...— Vea, Hernández, hágame antes esas copias y después hablaremos.Sin decir más, se retiró. Aníbal quedó mirando la puerta mientras sus tres compañeros se echaban a reír.— ¿Es verdad entonces? – preguntó Calmet.— Es un trabajo urgente, viejo – intervino Pinilla.— ¿Y cuándo le he corrido yo al trabajo? – se quejó Aníbal —. Si hoy me he retrasado es por ir a comprar las empanadas y el champán. Todo para invitar a los amigos. Y no sigas hablando que te pongo la pata de chalina.Empujando una puerta con el pie, penetró en la habitación contigua, minúsculo reducto donde apenas cabia una mesa en la cual dejó sus paquetes, junto a la guillotina para cortar papel. La luz penetraba por una alta ventana que daba a la avenida Abancay. Por ella se veían durante el día, zapatos, bastas de pantalón, de vez en cuando algún perro que se detenía ante el tragaluz como para espiar el interior y terminaba por levantar una pata para mear con dignidad.— Siempre lo he dicho – rezongó —. En palacio y en choza. Pero eso sí, el que me busca me encuentra.Quitándose el saco, lo colgó cuidadosamente en un gancho y se puso un mandil negro. En la mesa había ya un alto de copias fotostáticas. Acecándose a la guillotina, empezó su trabajo de verdugo. Al poco rato Pinilla asomó.— Dame las cincuenta primeras para llevárselas al jefe.— Yo se las voy a llevar – dijo Aníbal —. Y oye bien lo que te voy a decir: cuando tú y los otros eran niños de teta, yo trabajaba ya en el Ministerio. Pero no en este edificio, era una casa vieja del centro. En esa época...— Ya sé, ya sé, las copias.— No sabes. Y si lo sabes. Es bueno que te lo repita. En esa época yo era jefe del servicio de Almacenamiento.— ¿Han oído? – preguntó Pinilla volviéndose hacia sus dos colegas.— Si – contestó Calmet —. Era jefe del Servicio de Almacenamiento. Pero cambió el gobierno y tuvo que cambiar de piso. De arriba a abajo. Mira, aquí hay cien papeles más para cortar, en el orden en el que están.— Oye tú, Calmet, hijo de la gran... bretaña. Tú tienes sólo dos años aquí. Estudiaste para abogado, ¿verdad? Para aboasto no seria. Pues te voy a decir algo más: Gómez, nuestro jefe, entró junto conmigo. Claro, ahora ha trepado. Ahora es un señor, ¿no?.— Las copias y menos labia.Aníbal cogió las copias emparejadas y se dirigió hacia la escalera.— Y todavía hay una cosa: el Director de Educación Secundaria, don Paúl Escobedo, ¿lo conocen? Seguramente ni le han visto el peinado. Don Paúl Escobedo vendrá a tomar una copa conmigo. Ahora lo voy a invitar, lo mismo que a Gómez.— ¿Y porqué no al ministro?— preguntó Rojas pero ya Aníbal se lanzaba por las escaleras para llevar las copias a su jefe.Gómez lo recibió serio:— Esas copias me urgen, Aníbal. No quise decírtelo delante de tus compañeros pero tengo la impresión que hoy llegaste con bastante retraso.— Señor Gómez, he traído unas botellitas para festejar mis veinticinco años de servicio. Espero que no me va a desairar. Allá las he dejado en el sótano. ¡Ya tenemos veinticinco años aquí!— Es verdad – dijo Gómez.— Irán todos los muchachos del servicio de fotografías, los miembros de la Asociación de Empleados y don Paúl Escobedo.— ¿Escobedo? – preguntó Gómez —. ¿El director?— Hace diez años trabajamos juntos en la Mesa de Partes. Después él ascendió. Tú estabas en provincia en esa época.— Está bien, iré. ¿A qué hora?— A golpe de doce, para no interrumpir el servicio.En lugar de bajar a su oficina, Aníbal aprovechó que un ascensor se detenía para colarse.— Al veintavo, García – dijo al ascensorista y acercándose a su oído agregó —: Vente a la oficina de copias fotostáticas a mediodía. Cumplo veinticinco años de servicio. Habrá champán.En la puerta del despacho del director Escobedo, un ujier lo detuvo.— ¿Tiene cita?— ¿No me ve con mandil? Es por un asunto de servicio.Pero salvado este primer escollo, tropezó con una secretaria que se limitó a señalarle la sala de espera atestada.— Hay once personas antes que usted.Aníbal vacilaba entre irse o esperar, cuando la puerta del director se abrió y don Paúl Escobedo asomó conversando con un señor, al que acompañó hasta el pasillo.— Por supuesto, señor diputado – dijo, retornando a su despacho.Aníbal lo interceptó.— Paúl un asintió.— Pero bueno, Hernández, ¿qué se te ofrece?— Fíjate, Paúl, una cosita de nada.— Espera, ven por acá.El director lo condujo hasta el pasillo.— Tú sabes. Mis obligaciones...Aníbal le repitió el discurso que había repetido ante el señor Gómez.— ¡En los líos que me metes, caramba!— No me dejes plantado, Paúl, acuérdate de las viejas épocas.— Iré, pero eso sí, sólo un minuto. Tenemos una reunión de directores, luego un almuerzo.Aníbal agradeció y salió disparado hacia su oficina. Allí sus tres colegas lo esperaban coléricos.— ¿Así que en la esquina, tomándose un cordial? ¿Sabes que han mandado tres veces por las copias?— Toquen esta mano – dijo Aníbal —. Huélanla, denle una lamidita, zambos. Me la ha apretado en director. ¡Ah, pobres diablos! No saben ustedes con quién trabajan.Poco antes del medio día, después de haber emparejado quinientas copias, Aníbal se dio cuenta que no tenía copas. Cambiando su mandil por su saco cruzado, corrió a la calle. En la chingana de la esquina se tomó una leche con coñac y le explicó su problema al patrón.— Tranquilo, don Aníbal. Un amigo es un amigo. ¿Cuántas necesita?Con veinticuatro copas en una caja de cartón, volvió a la oficina. Allí encontró al ascensorista y a tres empleados de la Asociación. Sus colegas, después de poner un poco de orden, habían retirado de una mesa todos los implementos de trabajo para que sirviera de buffet.Aníbal dispuso encima de ella las empanadas, las copas y las botellas de champán, mientras por las escaleras seguían llegando invitados. Pronto la habitación estuvo repleta de gente. Como no había suficientes ceniceros echaban la ceniza al suelo. Aníbal notó que los presentes miraban con insistencia las botellas.— Hace calor – decía alguien.Como las alusiones se hacían cada vez más clamorosas, no le quedó más remedio que descorchar su primera botella, sin esperar la llegada de sus superiores.— Aníbal se ha rajado con su champán – decía Pinilla.— Ojalá que todos los días cumpla bordas de plata.Aníbal pasó las empanadas en un portapapeles, pero a mitad de su recorrido las empanadas se acabaron.— Excusas – dijo —. Uno siempre se queda corto.Por atrás alguien murmuró:— Deben ser de la semana pasada. Ya me reventé el hígado.Temiendo que su segunda botella de champán se terminara, Aníbal sirvió apenas un dedo en cada copa. Éstas no alzanzaban.— Tomaremos por turnos – dijo Aníbal —. Democráticamente. ¿Nadie tiene miedo al contagio?— ¿Para eso me han hecho venir? – volvió a escucharse al fondo.Aníbal trató de identificar al bromista, pero sólo vio un centenar de rostros amables que sonreían.— ¿Qué esperamos para hacer el primer bindris? – preguntó Calmet —. Esto se me va a evaporar.Pero en ese momento el grupo se hendió para dejar paso al señor Gómez. Aníbal se precipitó hacia él para recibirlo y ofrecerle una copa más generosa.— ¿No ha venido el director Escobedo? – le preguntó en voz baja.— Ya no tarda – dijo Aníbal —. De todos modos haremos el primer brindis.Después de carraspear varias veces logró imponer un poco de silencio a su alrededor.— Señores – dijo —. Les agradezco que hayan venido, que se hayan dignado realzar su presencia en este modesto agapé. Levanto esta copa y les digo a todos los presentes: prosperidad y salud.Los salud que respondieron en coro ahogaron el comentario del bromista:— ¿Y con qué brindo? ¿Quieren que me chupe el dedo?Aníbal se apresuró a llenar las copas vacías que se acumulaban en la mesa y las repartió entre sus invitados. Al hacerlo, notó que estos se hallaban un poco cohibidos por la presencia del señor Gómez; no se atrevían a entablar una conversación general y preferían hacerlo por parejas, de modo que su reunión corría el riesgo de convertirse en una yuxtaposición de diálogos privados, sin armonía ni comunicación entre sí. Para relajar la atmósfera, empezó a relatar una historia graciosa que le había ocurrido hacía quince años, cuando el señor Gómez y él trabajaban juntos en el servicio de mensajeros. Pero para asombro suyo Gómez le interrumpió:— Debe de ser un error, señor Hernández, en esa época yo era secretario de la biblioteca.Algunos de los presentes rieron y otros, defraudados por la pobreza del trago, se aprestaron a retirarse con disimulo, cuando por las escaleras apareció el director Paúl Escobedo.— ¡Pero esto parece una asamblea de conspiradores! – exclamó, al encontrarse en el estrecho reducto —. Se diría que están tramando echar abajo el ministerio. ¿Qué tal, Aníbal? Vamos durando viejo. Es increíble que haya pasado, ¿cuánto dijiste?, casi un cuarto de siglo desde que entramos a trabajar. ¿Ustedes saben que el señor Hernández y yo fuimos colegas en la Mesa de Partes?.Aníbal destapó de inmediato su segunda botella, mientras el señor Gómez, rectificando un desfallecimiento de su memoria decía:— Ahora que me acuerdo, es cierto lo que decía antes, Aníbal, cuando estuvimos en el servicio de mensajeros...Aníbal llenó las copas de sus dos superiores, se sirvió para sí una hasta el borde y abandonó la botella al resto de los presentes.— ¡Ha servirse muchachos! Como en su casa.Los empleados se acercaron rápidamente a la mesa, formando un tumulto, y se repartieron el champán que quedaba entre bromas y disputas. Mientras Aníbal avanzaba hacia sus dos jefes con su copa en la mano se dio cuenta que al fin la reunión cuajaba. El director Escobedo se dirigía familiarmente a sus subalternos, tuteándolos, dándoles palmaditas en la espalda, mientras Gómez pugnaba por entablar con su jefe una conversación elevada.— Sin duda esto es un poco estrecho – decía —. Yo he elevado un memorándum al señor ministro en el que hablo del espacio vital.— Lo que sucede es que faltó previsión – respondió Escobedo —. Una participación como la nuestra necesita duplicar su presupuesto. Veremos si este año podemos hacer algo.— ¡Viva el señor director! – Exclamó Aníbal, sin poderse contener.Después de un momento de vacilación, los empleados respondieron en coro:— ¡Viva!— ¡Viva nuestro ministro!Los vivas se repitieron.— ¡Viva la Asociación de Empleados y su justa lucha por sus mejoras materiales! – gritó alguien a quien, por suerte, le había tocado tres ruedas de champán. Pero su arenga no encontró eco y las pocas respuestas que se articularon quedaron coaguladas en una mueca en la boca de sus gestores.— ¿Me permiten unas breves palabras? – dijo Aníbal, sorbiendo el corcho de su champán — . No se trata de un discurso. Yo he sido siempre un mal orador. Sólo unas palabras emocionadas de un hombre humilde.En el silencio que se hizo, alguien decía en el fondo de la pieza:— ¿Champán? ¡Esto es un infame espumante!Aníbal no oyó esto, pero sí al director Escobedo, que se apresuró a intervenir.— Nos agradaría mucho, Aníbal. Pero esto no es una ceremonia oficial. Estamos reunidos entre amigos sólo para beber una copa de champán en tu honor.— Solo dos palabras –insistió Aníbal —. Con el permiso de ustedes, quiero decirles algo que llevo aquí en el corazón; quiero decirles que tengo el orgullo, la honra, mejor dicho, el honor imperecedero, de haber trabajado veinticinco años aquí... Mi querida esposa, en paz descanse, quiero decir la primera, pues mis colegas saben que enviudé y contraje segundas nupcias, mi querida esposa siempre me dijo: Aníbal, lo más seguro es el ministerio. De allí no te muevas. Pase lo que pase. Con terremoto, con revolución. No ganarás mucho, pero al fin de mes tendrás tu paga fija, con que, con que...— Con que hacer un sancochado.— dijo alguien.— Eso – convino Aníbal —. Un sancochado. Yo le hice caso y me quedé, para felicidad mía. Mi trabajo lo he hecho siempre con toda voluntad, con todo cariño. Yo he servido a mi patria desde aquí. Yo no he tenido luces para ser un ingeniero, un ministro, un señorón de negocios, pero en mi oficina he tratado de dejar bien el nombre del país.— ¡Bravo! – gritó Calmet.— Es cierto que en una época estuve mejor. Fue durante el gobierno de nuestro ilustre presidente José Luis Bustamante, cuando era jefe del servicio del almacenamiento. Pero no e puedo quejar. Perdí mi rango, pero no perdí mi puesto. Además, ¿qué mayor recompensa para mí que contar ahora con la presencia del director don Paúl Escobedo y de nuestro jefe, señor Gómez?Algunos empleados aplaudieron.— No es para tanto – intervino Aníbal —. Aún no he terminado. Yo decía, ¿qué mayor orgullo para mí que contar con la presencia de tan notorios caballeros?. Pero no quiero tampoco dejar pasar la ocasión de recordar en estos momentos de emoción a tan buenos compañeros aquí presentes, como Aquilino Calmet, Juan Rojas, y Eusebio Pinilla, y a tantos otros que cambiaron de trabajo o pasaron por a mejor vida. A todos ellos va mi humilde, mi amistosa palabra.— Fíjate, Aníbal – intervino nuevamente Escobedo mirando su reloj —. Me vas a disculpar...— Ahora termino— prosiguió Aníbal —. A todos va mi humilde, mi amistosa palabra. Por eso es que, emocionado, levanto mi copa y digo: ése ha sido uno de los más bello días de mi vida. Aníbal Hernández, un hombre honrado, padre de seis hijos, se lo dice con toda sinceridad. Si tuviera que trabajar veinte años más acá, lo haría con gusto. Si volviera a nacer, también. Si Cristo recibiera en el Paraíso a un pobre pecador como yo y le preguntara, ¿qué quieres hacer?, yo le diría: trabajar en el servicio de copias del Ministerio de Educación. ¡Salud, compañeros!Aníbal levantó su copa entre los aplausos de los concurrentes. Fatalmente, a nadie le quedaba champán y todos se limitaron a hacer un brindis simbólico.— Muy bien, Aníbal; mis felicitaciones otra vez. Pero ahora me disculpas. Como te dije, tengo una serie de cosas por hacer.Saludando en bloque al resto de los empleados, se retiró deprisa, seguido de cerca por el señor Gómez. El resto fue desfilando ante Aníbal para estrecharle la mano y despedirse. En pocos segundos el sótano quedó vacío.Aníbal miró su reloj, comprobó que eran las doce y media y se precipitó a su reducto para pasarse por los zapatos una franela que guardaba en su armario. Su mujer le había dicho que no se demorara, pues le iba a preparar un buen almuerzo. Sería conveniente pasar por una bodega para llevar una botella de vino.Cuando se lanzaba por las escaleras, se detuvo en seco. En lo alto de ellas estaba el señor Gómez, inmóvil, con las manos en los bolsillos.— Todo está muy bien, Aníbal, pero esto no puede quedar así. Estarás de acuerdo en que la oficina parece un chiquero. ¿Me haces el favor?.Sacando una mano del bolsillo, hizo un gesto circular, como quien pasa un estropajo, y dando media vuelta desapareció.Aníbal, nuevamente solo, observó con atención su contorno: el suelo estaba lleno de colillas, de pedazos de empanada, de manchas de champán, de palitos de fósforos quemados, de fragmentos de una copa rota. Nada estaba en su sitio. No era solamente un sótano miserable y oscuro, sino – ahora lo notaba— una especie de celda, un lugar de expiación.— ¡Pero mi mujer me espera con el almuerzo! –se quejó en alta voz, mirando a lo alto de las escaleras. El señor Gómez había desaparecido. Quitándose el saco, se levantó las mangas de la camisa, se puso en cuatro pies y con una hoja de periódico comenzó a recoger la basura, gateando por debajo las mesas, sudando, diciéndose que si no fuera una caballero les pondría a todos la pata de chalina.(París, 1967)


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