jueves, 15 de octubre de 2009

Grandes escritores malditos

John Franklin bardin El percherón mortal






John Franklin Bardin (1916-1981) nos dejó una obra breve pero intensa. Si bien la novela negra es el género bajo el que se adscribe, lo más interesante de la misma, al menos para el espectro descarnado que esto firma, reside en los vericuetos por los que se desarrolla, más afines a la más extravagante literatura fantástica que al propio relato criminal.

Bardin nació en Cincinnati, Ohio, el 30 de noviembre de 1916. Tuvo una infancia difícil, fundamentalmente a causa de la muerte de su familia más cercana por diversas enfermedades. Ingresó en la Universidad de Cincinnati, pero tuvo que dejar su primer curso a medias para ponerse a trabajar a tiempo completo. Desempeñó varios trabajos antes de aceptar un empleo en una librería que le permitiría dedicarse a la lectura, especialmente durante la noche. Se mudó a Greenwich Village, en la ciudad de Nueva York, en 1943.

En 1946 vivió un periodo de intensa creatividad en el que escribió tres novelas negras que más tarde llegaron a ser muy apreciadas por los seguidores del género. Al principio fueron recibidas con cierta frialdad, no tuvieron demasiado éxito, e incluso alguna de ellas no llegó a ser publicada hasta finales de la década de los 60. No obstante, escribió cuatro novelas más, con el pseudónimo Gregory Tree o Douglas Ashe, que en opinión de Julian Symons eran "historias policiales hábiles y amenas", y otras tres con su propio nombre, de las cuales dos fueron bien consideradas. Además trabajó como relaciones públicas, periodista y profesor de escritura creativa en la New School for Social Research de Nueva York. Se mudó a Chicago en 1972, donde permaneció 3 años y llegó a ser director editorial de la revista de la American Medical Association, y posteriormente también de otras dos publicaciones de la American Bar Association. Más tarde, regresó a Nueva York, ciudad en la que residió hasta su muerte el 9 de julio de 1981.

[editar] Su obra
Sus tres obras más famosas, El percherón mortal, El final de Philip Banter y Al salir del infierno experimentaron una importante revalorización en los 70 cuando fueron descubiertas por los lectores británicos.

Bardin reconocía las influencias de Graham Greene, Henry Green y Henry James. Julian Symons escribió: "Bardin se adelantó a su tiempo. No pertenecía al mundo de Agatha Christie y John Dickson Carr, sino al de Patricia Highsmith o incluso al de Poe."

Guillermo Cabrera Infante lo introdujo en el mundo hispanoparlante con la siguiente frase: "Considero que hay en la novela policial tres escritores originales: Edgar Allan Poe, Dashiell Hammett y John Franklin Bardin."

[editar] Bibliografía
El percherón mortal (The Deadly Percheron,1946). En España editada en 2004.
El final de Philip Banter (The Last of Philip Banter, 1947). En España editada en 2004.
Al salir del infierno (Devil Take the Blue-Tail Fly, 1948).

El percherón mortal quizá sea su novela más conocida. Delirante, extraña, imbricada y con tantos giros argumentales, sorpresas y casualidades como en el mejor Harry Stephen Keeler o el mismo Paul Auster. Macabra y sórdida hasta el punto de provocar un mal rollo considerable, hay que reconocer que una vez empezada es imposible abandonar su lectura: se lee en trance. Podríamos emparentarla sin dificultad con la excepcional película de Tod Browning La parada de los monstruos (Freaks, 1932). ¿Qué tienen todos estos nombres en común? Pues su gusto por presentarnos personajes deformes, monstruosos, que de una u otra manera viven en la miseria o en la más completa marginalidad, un empeño casi suicida por permanecer en ellas y un cúmulo insospechado de casualidades inauditas que los llevan de un lado a otro como barcos en una tormenta. Bueno, más que tormenta, un ciclón del Caribe o un auténtico maelström poetiano.

La paranoia del protagonista, la absoluta locura que lo envuelve, esa sensación de que ni lo que ve resulta de fiar pues su mente está trastocada, y la pregunta que se eleva durante casi todo el relato (¿quién soy en realidad?) repitiéndose y golpeándonos sin piedad hacen pensar también, claro está, en John Franklin Bardin como el Philip K. Dick de la novela negra.

Porque todo este desquiciante libro no deja en ningún momento de responder al esquema clásico, convencional, del género negro: hay que resolver este maldito crimen, este embrollo infernal. Y al final del mismo nos espera la consabida explicación. Sólo que en esta ocasión Franklin Bardin no nos muestra un final, sino en apariencia dos: dos epílogos. El primero, un broche que, de haber terminado así, habría que considerar en serio esta novela como una cumbre del fantástico delirante. El segundo, la resolución que cabe esperar dentro del género: parrafada final poniendo las cosas en su sitio. Una lástima que la sensación que quede, claro, sea la del segundo. Sería interesante conocer si Bardin pensó en el primero como el final definitivo, y aterrorizado, bien él o bien su editor, se viera impelido a añadir un final más digerible, o si por el contrario desde el principio ya pensó que todo llegaría a su fin por cauces más previsibles y asumidos por el género.

Las palabras de Cabrera Infante que se reproducen en la portada del libro (¡equipararlo con Poe, nada menos!) son, a mi entender, una evidente exageración (tal es mi caso líneas más arriba a costa del maelström), pero tampoco del todo descaminadas o gratuitas. No es el único que lo compara con él, en cualquier caso.

Desde luego, si os animáis a leer El percherón mortal, tened por seguro que entrará a formar parte de ese selecto grupo compuesto por los libros más raros que habéis leído en vuestra vida.

Que la profusión de nombres que he utilizado para intentar definirlo no os haga pensar que se trata de un imposible cruce de cosas impensables: es la única manera que he hallado de acercarme, de forma vaga, a describir la experiencia absorbente y enfermiza de su lectura.

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