martes, 8 de septiembre de 2009

Hechos insólitos de la historia

Algunos de los hechos más extraordinarios producidos nunca


Tomado de EL LIBRO DE LOS HECHOS INSÓLITOS, por Gregorio Doval



La corriente eléctrica fue descubierta casualmente por el profesor de anatomía de la universidad italiana de Bolonia, Luigi Galvani (1737-1798). Un día de 1786, mientras él diseccionaba una rana, un ayudante produjo una chispa con una máquina electrostática situada en la misma habitación. La chispa causó una corriente eléctrica que conectó con Galvani y, a través de su escalpelo metálico, pasó a la rana muerta, que contrajo sorprendentemente sus músculos, «como si hubiese sufrido un calambre» (en palabras del profesor Galvani). Deduciendo del fenómeno la existencia de lo que él llamó electricidad animal, Galvani dio un paso crucial en la demostración experimental de la existencia de lo que luego se llamaría corriente eléctrica.



El 5 de diciembre de 1664 se hundió un barco en el estrecho de Menay, en la costa norte de Gales, muriendo 82 pasajeros, todos los que componían el pasaje, salvo un hombre llamado Hugh Williams. El 5 de diciembre de 1785, otro barco se hundió, pereciendo 60 pasajeros y dejando un único superviviente, llamado Hugh Williams. El 5 de agosto de 1860, el hundimiento de un tercer barco provocaba la muerte de 25 pasajeros y un único superviviente, llamado —¿cómo no?— Hugh Williains.



El 11 de noviembre de 1913, una tempestad hundió doce barcos en el Lago Superior de Norteamérica, con el resultado de 254 personas muertas. Diecisiete años después, también el 11 de noviembre, otra tempestad hundió cinco embarcaciones en el mismo lago, muriendo 67 personas. En 1975, ese mismo 11 de noviembre, un carguero repleto de mineral, el Edmund Fitzgerald, se rompió en dos en su travesía del lago a causa de una tormenta, muriendo sus 29 tripulantes.



Los cinco hijos del matrimonio estadounidense formado por Ralph y Carolyn Cummins nacieron un 20 de febrero pero de distintos años: Catherine, en 1952; Carol, en 1953; Charles, en 1956; Claudia, en 1961, y Cecilia, en 1966. ¡Todo un milagro de exactitud! Hay que tener en cuenta que se ha calculado que la probabilidad de que cinco hermanos no gemelos tengan la misma fecha de nacimiento es de 1 contra 17.797.577.730.



En la primavera de 1975, un bebé cayó desde una altura de 14 pisos en la ciudad estadounidense de Detroit, aterrizando sobre Joseph Figlock, ocasional transeúnte. Un año después, volvió a ocurrirle lo mismo al señor Figlock con otro niño. En ambos casos, todos los implicados sobrevivieron.



El constructor de la ciudadela de la Bastilla, Hugues Aubriot (?-1382), preboste de París y constructor también del Chátelet, el puente de Saint Michel y el primer sistema de cloacas abovedadas de la capital francesa, fue la primera persona encerrada en la Bastilla, cuando ésta pasó a ser cárcel, acusado de impiedad y herejía, a la muerte de su protector el rey Carlos V de Francia. Sin embargo, inaugurando otra costumbre, el pueblo se amotinó y lo liberó.



Hay ocasiones en que la historia parece rizar el rizo de la verosimilitud. Es el caso, por ejemplo, de lo sucedido al rey Humberto I de Italia (1844-1900), que cierto día de 1900 se asombró al observar que el propietario del restaurante donde cenaba tenía un gran parecido físico con él. Impresionado por la coincidencia, le mandó llamar y comprobó aún con mayor sorpresa que ambos habían nacido el mismo día del mismo año (14 de marzo de 1844); que el propietario estaba casado con una mujer que tenía el mismo nombre de pila que la reina (Margarita), y que había abierto su establecimiento el mismo día que el rey era coronado (9 de enero de 1878). Simpatizando con él ante tantas coincidencias, el rey invitó al propietario del restaurante a asistir al día siguiente (29 de julio de 1900) a un festival atlético que su majestad iba a presidir en Monza. En pleno acto deportivo, poco después de que el rey fuera informado de que el retraso de su invitado se debía a que había sido asesinado a balazos aquella misma noche, el anarquista Gaetano Bresci disparó sobre el monarca, matándole.



En cierta ocasión, el erudito francés Jean François Champollion (1790-1832) visitaba el Museo de Turín cuando en uno de sus almacenes encontró una caja que contenía restos de papiros. A la vista de que nadie sabía decirle de qué se trataba exactamente, y viendo que estaban clasificados como material inútil, comenzó a investigar los fragmentos, reuniéndolos pacientemente y ordenándolos, resultando que se trataba de la única lista existente de las dinastías egipcias, con los nombres y cronología de los faraones. Un documento de incomparable valor histórico.



El 2 de febrero de 1852, el sacerdote Martín Merino (1789-1852) —al que no hay que confundir con el más famoso Cura Merino, notable héroe de la Guerra de la Independencia y de las guerras carlistas— intentó asesinar a la reina española Isabel II (1830-1904), que salía de una misa de acción de gracias por su reciente parto. Pero el cuchillo se enganchó en las ballenas del corsé de la reina, desviándose la puñalada y causando sólo un leve rasguño a su majestad. El frustrado regicida fue rápidamente juzgado y ahorcado.



No es un hecho muy conocido el que el Titanic, aquel buque insumergible que se sumergió en su primera travesía oceánica, fue construido a semejanza de un barco gemelo, aunque algo más ligero, llamado Olimpic. Al ser botado, el Olimpic chocó con el crucero británico Hawke y tuvo que ser llevado a los astilleros de Belfast para su inmediata reparación.



Pero esta no es la única casualidad o coincidencia notable relacionada con el Titanic. En una novela escrita en 1898 por Morgan Robertson (1861-1915), titulada Futilidad, se narraba el hundimiento del buque transoceánico de lujo Titán, calificado de insumergible, al chocar contra un iceberg en aguas del Atlántico, una noche de abril. En la novela, como en el caso real, la ineficacia de los planes de salvamento, la carencia de un número suficiente de botes salvavidas y la extrema frialdad del agua hacen perecer a todos los viajeros. Lo curioso del caso es que esta novela fue publicada catorce años antes de que, en 1912, ocurriese el verdadero hundimiento del Titanic.



Y aún hay más. Parece ser que, en 1935, 23 años después del hundimiento del Titanic, William Reeves, marinero nacido precisamente el mismo día en que se hundió el trasatlántico, que estaba de guardia en su barco, tuvo un extraño presentimiento e hizo detener la marcha al cruzar una zona del océano Atlántico cercana a donde se había producido en 1912 aquella terrible catástrofe. Al observar detenidamente la zona, se comprobó que aquella parada había sido providencial, puesto que el buque estaba en rumbo de colisión con un gran iceberg. Lo más curioso de todo es que este tercer barco se llamaba Titanian.

Según cuentan biógrafos aficionados a este tipo de curiosidades, la vida del compositor alemán Richard Wagner (1813-1883) estuvo marcada por la sombra del número 13. Además de nacer en 1813, su nombre y apellido tienen 13 y los números de su año de nacimiento suman 13. Sintió su primer impulso musical un 13 de octubre. Sufrió un destierro de 13 años. Compuso 13 óperas, terminando una de las más famosas, Tannhäuser, un 13 de abril. Esta misma obra, que fue estrenada en París el 13 de marzo de 1845, estuvo cincuenta años sin ser repuesta hasta el 13 de mayo de 1895. Su primera actuación al frente de una orquesta se produjo en Riga, en un teatro inaugurado un 13 de septiembre. Se fue a vivir a Bayreuth a una casa que fue abierta un 13 de agosto y que abandonó un 13 de septiembre. Su suegro, Franz Listz, le visitó por última vez el 13 de enero de 1883. Como no podía ser menos, Wagner falleció el 13 de febrero de aquel mismo año, en el que, por cierto, se conmemoraba el decimotercer aniversario de la unificación nacional alemana... No hay constancia de que Richard Wagner sufriera triscadeicafobia (es decir, fobia al número 13), pero evidentemente hubiera tenido razones para ello.



No se sabe si guarda o no alguna relación con esta insistente coincidencia con el fatídico número 13, pero lo cierto es que la biografía de Wagner está salpicada de desgracias y momentos delicados. Acuciado por perennes problemas de dinero, su vida estuvo marcada por un constante peregrinaje por diversas capitales europeas huyendo de sus acreedores. Por ejemplo, al ser despedido en 1839 de su cargo de director de la orquesta de Riga, la capital de Letonia, él y su esposa (y también su perro) huyeron del país en un pequeño bote con destino a Londres, literalmente perseguidos por los acreedores. En 1849, se combinaron además los problemas políticos y tuvo que huir apresuradamente de Dresde, escondido en un vagón de carga y con un pasaporte falso. En 1864, viviendo de nuevo en Dresde, no tuvo oportunidad de escapar de sus perseguidores y fue encarcelado por deudas. Afortunadamente para él, ese mismo año subió al trono de Baviera Luis II que, en su faceta de gran mecenas del arte, le tomó bajo su protección, eliminando de una vez por todas sus problemas económicos.



Los norteamericanos, aficionados como ellos solos a la búsqueda de coincidencias las vidas de sus personajes ilustres han señalado una numerosa lista de ellas en las respectivas biografías de los presidentes Abraham Lincoin (1809-1865) y John Fitgerald Kennedy (1917-1963). Para empezar, ambos fueron elegidos congresistas en 1847 y 1947, respectivamente, y designados presidentes en 1860 y 1960. Los dos medían 1,83 metros de estatura y sus apellidos tienen siete letras. Sus secretarios, apellidados, respectivamente, Kennedy y Lincoln, les aconsejaron no ir a los lugares donde ambos fueron asesinados. Los dos magnicidios ocurrieron en viernes, y ambos estadistas recibieron balazos en la cabeza, disparados desde atrás y en presencia de sus mujeres (las cuales, por cierto, perdieron un hijo durante su estancia en la Casa Blanca). El asesino de Lincoln, Booth, disparó sobre él en el teatro Ford y se escondió en un almacén. El de Kennedy, Oswald, le disparó cuando viajaba en un automóvil de la marca Ford (modelo Lincoln) desde un almacén, ocultándose en un teatro. Los magnicidas, cuyos nombres completos tenían 15 letras en cada caso, eran sureños y habían nacido en 1839 y 1939, y ambos fueron asesinados a su vez horas después de cometer los magnicidios (sin haber confesado su autoría). Los dos presidentes fueron sucedidos por los vicepresidentes Andrew y Lyndon Johnson, que eran senadores, demócratas sureños y nacieron respectivamente en 1808 y 1908. ¿Será todo esto puro azar?



Aunque posiblemente otros investigadores ya habían aislado previamente esta sustancia, el descubrimiento oficial del valor edulcorante de la sacarina se produjo en 1879 en el laboratorio del químico estadounidense Ira Remsen, en el que trabajaba un joven científico, de apellido Fahlberg, que dio casualmente con este importante descubrimiento. Cierto día, mientras Fahlberg almorzaba, notó un sabor dulce en la sopa y se lo hizo ver a la cocinera, que, indignada, probó el caldo y no notó el supuesto sabor dulce. A continuación, el científico comprobó que el pan también tenía el mismo sabor, lo que le llevó a sospechar que tal sabor extraño tenía otro origen. Intrigado, lamió la palma de su mano y advirtió ese mismo sabor. Lo antes que pudo volvió a su laboratorio y, tras un minucioso examen, llegó a la conclusión de que el sabor dulce provenía de una sustancia desconocida que había surgido en el curso de su investigación sobre la hulla en busca de nuevos colores de reacción, que pronto identificó y patentó con el nombre de sacarina.



Hub Beardsley, presidente de la empresa farmacológica Doctor Miles Laboratories, visitó en el invierno de 1928 las instalaciones de un periódico de la ciudad de Elkhart, en el estado norteamericano de Indiana, coincidiendo con una fuerte epidemia de gripe. En el curso de la visita, observó que ninguno de los empleados del periódico sufría los síntomas de la enfermedad. Comentando la curiosa circunstancia con el director de la publicación, éste le contó que ello era resultado de que había hecho que todos tomasen un remedio casero de su invención, consistente en una mezcla de aspirinas y bicabonato a partes iguales. De vuelta a su empresa, Beardsley encargó a uno de sus químicos, Maurice Treneer, la fabricación de una pastilla con esa combinación. De esta forma tan casual nació, en 1931, el Alka-Seltzer.



La Cueva de Altamira fue descubierta en 1868 gracias a que el perro de un cazador se introdujo por una ranura entre las piedras que taponaban su entrada. Desde entonces, un arqueólogo aficionado santanderino, Marcelino de Sautuola, la visitó repetidamente en busca de restos arqueológicos. Pero hasta el verano de 1879 no encontró las pinturas rupestres en su interior. En esta fecha, la hija pequeña de Sautuola, María, que le acompañaba en una de sus frecuentes visitas a la cueva, ante la sorpresa de su padre, dio casualmente con la sala donde están las pinturas. Sautuola, una vez que comprendió la importancia del hallazgo, lo dio a conocer mediante un breve informe publicado al año siguiente (1880). Sin embargo, la comunidad científica internacional no concedió ningún crédito a su hallazgo, hasta que, al descubrirse dos décadas después otras cuevas con pinturas rupestres de similar calidad en parajes franceses, volvió a la actualidad el descubrimiento de Sautuola (que había muerto en 1888) y se aceptó finalmente que las maravillosas pinturas de Altamira no eran una falsificación, como se había pensado en principio.



En 1839 se produjo otra de las muchas casualidades que han hecho avanzar la investigación científica. En un descuido, el químico americano Charles Goodyear (1800-1860), que trataba de averiguar cómo eliminar la pegajosidad del caucho, dejó caer unos trozos de este material mezclado con azufre sobre una estufa encendida. Al comenzar a quemarse el caucho, Goodyear se dio cuenta de su descuido, pero observó sorprendido que el caucho no se fundía, sino que sólo se carbonizaba lentamente, como si fuese cuero. Inmediatamente clavó el trozo de caucho medio carbonizado en la parte exterior de la puerta de la cocina de su casa para que se enfriara con el intenso frío que hacía fuera, olvidándose de él al rato. A la mañana siguiente, comprobó con sorpresa que el trozo de caucho carbonizado se había transformado en un material que conservaba su flexibilidad y elasticidad (ésta incluso acentuada), pero que ya no era pegajoso. La conclusión era obvia: agregando azufre al caucho, sometiendo la mezcla a una temperatura mayor que su punto de fusión (proceso que, en 1842, el inglés Thomas Hancock llamaría vulcanización) y enfriándola rápidamente, se producía una estabilización de las propiedades del caucho que abría todo un mundo de nuevas aplicaciones para este producto que hasta entonces sólo se utilizaba como goma de borrar. Como pronto se comprobó, el caucho vulcanizado podía ser estirado hasta doce veces su tamaño original, sin romperse ni deformarse irreversiblemente.



En 1837, Edgar Allan Poe (1809-1849) publicó Las aventuras de Arthur Gordon Pym, novela en la que se relata la aventura de cuatro supervivientes de un naufragio que, tras permanecer muchos días en un bote a la deriva —contando por único alimento con una botella de oporto—, acuciados por el hambre, deciden sortear entre ellos cuál servirá de alimento a los demás, para lo que cortan cuatro pajitas (una de ellas más corta) y eligen cada uno una. La fortuna quiere que el elegido sea un grumete llamado Richard Parker, al que sus compañeros, de acuerdo a lo pactado, asesinan y devoran. 47 años después, en 1884, la yola Mignonette zozobró al sur del océano Atlántico, logrando salvarse sus cuatro tripulantes a bordo de un bote; acuciados por el hambre, decidieron asesinar y comerse a uno de ellos que, enfermo y desnutrido, se encontraba en franco estado agonizante. Se trataba del que había sido grumete de la yola, cuyo nombre era Richard Parker.



En 1911, tres hombres apellidados Green, Berry y Hill asesinaron en su residencia de Greenberry Hill a Sir Edmond Godfrey.



Un aprendiz del fabricante de lentes Hans Lippershey (1570-1619), aprovechando la ausencia momentánea de su maestro, pasaba el rato jugando con las lentes. Inesperadamente, al mezclar unas con otras, dio con una combinación que le permitía ver las cosas mucho más de cerca. A la vuelta del maestro le contó el curioso fenómeno y Lippershey, insertando las lentes en los dos extremos de un tubo opaco, inventó de ese modo el telescopio.



Las huellas más antiguas que se conocen del primer antepasado del hombre, el australopithecus afarensis, fueron descubiertas en Laetoli, Tanzania, en el transcurso de un partido informal de fútbol (con una boñiga de vaca como pelota), con el que se divertían los miembros de una expedición científica. Uno de los antropólogos cayó rodando por un terraplén y paradójicamente a cuatro patas, se topó literalmente de narices con la prueba de que hace 4 millones de años el hombre andaba erguido.



En 1840, el químico germano-suizo Christian Friedrich Schönbein (1799-1868) experimentaba en su laboratorio dejando pasar aire seco entre dos electrodos conectados a una corriente alterna de varios miles de voltios cuando comenzó a percibir un cierto olor que, en un primer momento, identificó como el olor de la electricidad. Dado que dicho olor le recordaba al del cloro, llegó a la conclusión de que lo que realmente estaba oliendo era una combinación inesperada de cloro con algún otra sustancia que no reconocía. De este modo, ignorando qué estaba oliendo realmente, acudió al griego y llamó a aquel gas desconocido ozono, es decir, en griego, "yo huelo", denominando a la forma más reactiva del oxígeno con un nombre que resultó plenamente apropiado, pues si algo caracteriza a este gas es precisamente su penetrante olor.

Cierto día de 1846 este mismo científico derramó accidentalmente una mezcla de ácido nítrico y sulfúrico, utilizando un delantal de algodón para secarlo. Posteriormente, colgó el delantal en una estufa para que se secara, pero, una vez seco, éste detonó y desapareció. De esta forma, descubrió que transformando la celulosa en nitrocelulosa se conseguía un nuevo y potente material explosivo: el algodón pólvora.



El descubrimiento del papel secante se debe a un error y a una casualidad. En cierta ocasión, un empleado de una fábrica de papel de la ciudad estadounidense de Berkshire olvidó añadir la cola requerida durante el proceso de fabricación de papel de escritura. Como resultado de ello, aquella partida de papel hubo de ser almacenada como inservible y el empleado fue despedido. Sin embargo, poco después, el dueño de la fábrica utilizó una hoja de este papel inservible para secar unas gotas de tinta derramada y se dio cuenta de que absorbía con extraordinaria rapidez, por lo que podría ser aprovechado como papel secante. De lo que no ha quedado constancia es de si el empleado fue readmitido en la empresa.



Hacia el año 80 a. de C., los soldados de una legión romana que invadía el Asia Menor hallaron en un pozo unos manuscritos de las obras de Aristóteles y los llevaron a su general, Sila, quien ordenó que fueran llevados a Roma, donde fueron copiados rápidamente. De esta forma casual nos ha llegado gran parte de la obra de Aristóteles.



Según daba a conocer el 28 de julio de 1977 el periódico San Francisco Chronicle, Michael Maryn había sido víctima en un corto período de tiempo de nada menos que 83 atracos y 4 robos de coche, sin que, aparentemente, su profesión o estilo de vida favorecieran este tipo de incidentes o aumentasen su riesgo de sufrirlos.



El artista español Ponciano Ponzano (1813-1877), escultor de cámara de Isabel II, siempre mantuvo su negativa a esculpir animales en mármol, cosa que, según su opinión, da mala suerte. Sin embargo, no pudo negarse al recibir el encargo de esculpir dos leones para decorar la fachada del Palacio de Congresos madrileño. Desoyendo su prevención comenzó la obra con la desgracia de que el 15 de septiembre de 1877 falleció repentinamente, sin haber acabado de esculpir los leones.



En cierta ocasión, el actor Anthony Hopkins buscaba sin éxito una novela de George Feifer, cuyas ediciones estaban agotadas, con objeto de realizar una película sobre aquel argumento que había conocido tiempo atrás. Casualmente, halló un ejemplar anotado abandonado en el metro. Durante el rodaje de la película, el autor de la novela reconoció aquel ejemplar: un amigo suyo lo había extraviado, con gran pesar, en el metro.



Isaac Newton nació el día de Navidad de 1642 en Woolsthorpe, justamente el mismo día en que moría Galileo Galilei en Arcetri, a las afueras de Florencia. Ello dio lugar a que el filósofo inglés Bertrand Russell bromease tres siglos después sobre esta circunstancia, haciendo ver, con humor, que daba un espaldarazo definitivo a las tesis de los defensores de la teoría de la transmigración de las almas o metempsicosis.



En 1922 se produjo el descubrimiento arqueológico de la tumba intacta de Tutankamon, el adolescente y poco importante faraón egipcio de la XVIII dinastía casado con una hija de la reina Nefertiti y muerto a los dieciocho años. Pocos meses después del hallazgo, George Edward Stanhope Molineux Herbert, quinto conde de Camarvon (1866-1923), egiptólogo y filántropo que financiaba los trabajos del arqueólogo descubridor del hallazgo, Howard Carter (1873-1939), fue picado por un mosquito; al afeitarse se cortó la hinchazón y el 5 de abril de 1923 moría en El Cairo, víctima de una septicemia. Su fallecimiento avivó las especulaciones referente a la maldición que, según las tradiciones ancestrales egipcias, habría de caer sobre los que profanasen las tumbas de los faraones. Según el relato de algunos contemporáneos, en el momento exacto en que el conde británico fallecía, se produjo un apagón en la capital cairota. Poco después, dos hermanastros y la esposa del conde fallecían también, al igual que un ayudante (A. C. Mace) y el secretario de Carter, el hijo de lord Westbury (cuyo padre se suicidó, desesperado, al año siguiente). El egiptólogo Arthur Weigali, que había estudiado la momia de Tutankamon, murió súbitamente aquejado de unas fiebres desconocidas. Archibald Douglas Reid también falleció repentinamente, mientras examinaba una momia por rayos X. Un magnate americano y un egiptólogo francés sufrieron también sendos accidentes tras visitar la tumba, avivando todo ello la leyenda de la maldición.



En cierta ocasión la Casa de la Moneda estadounidense lanzó al mercado unas monedas en las que se podía leer In Gold We Trust (es decir, “Confiamos en el oro”) en vez del lema que hubiera sido correcto, In God We Trust (“Confiamos en Dios”).



Según cuenta Vicente Vega, el ingeniero austríaco Reinhold Boyer, afincado durante muchos años en Madrid, donde murió, fue un verdadero coleccionista de catástrofes. Al parecer, Boyer sobrevivió a su primer grave accidente a los seis años, cuando, viajando con sus padres, se derrumbó un puente de ferrocarril al paso de su tren; en el accidente murieron 200 personas. A los ocho años, se libró milagrosamente del incendio de un teatro vienés, en el que se hallaba nuevamente junto a sus padres; en el accidente murieron 449 personas. Ya trabajando como ingeniero en una mina cercana al Paso de Calais, se libró milagrosamente del incendio que asoló varias galerías; en el accidente murieron unos 1.300 mineros. Dos años después, hallándose en Sicilia realizando unos sondeos, se produjo un fortísimo terremoto; a causa del temblor murieron unas 200.000 personas. En 1912, a punto de emprender un viaje a los Estados Unidos, tuvo que desistir a última hora a consecuencia de una súbita enfermedad; de esta forma tan casual se libró de sacar un pasaje para el infortunado viaje inaugural del Titanic; en el accidente murieron 1.513 personas. Tiempo después, estando en la ciudad norteamericana de Miami, un huracán destruyó prácticamente la zona; a consecuencia del huracán murieron 12.000 personas. Finalmente, seis meses después, volvió a escapar milagrosamente de la riada causada por el desbordamiento del río Mississippi en el estado norteamericano de Luisiana; en la riada murieron varios miles de personas. A todo ello, al parecer, habría que añadir diversos accidentes, choques, descarrilamientos y catástrofes naturales de menor entidad. Increíble. Pero, al parecer, totalmente cierto.



El guardabosques estadounidense Roy C. Sullivan fue alcanzado siete veces en su vida por un rayo. La primera vez (1942) sólo sufrió la pérdida de la uña del dedo gordo de un pie; en la segunda (1969) se le quemaron las cejas; en la tercera (1970) sufrió quemaduras en el hombro izquierdo; en la cuarta (1972) se le quemó el pelo; en la quinta (1973) de nuevo se le quemó el pelo y también las piernas; en la sexta (1976) resultó herido en un tobillo, y en la séptima y última (1977) sufrió quemaduras en el pecho y en el estómago. Tras sobrevivir a tantos y tan peligrosos accidentes, Sullivan, se dice que desilusionado por un desengaño tras una tormentosa relación amorosa, se suicidó finalmente en 1983, disparándose un tiro.



El 7 de noviembre de 1874, la revista norteamericana American Medical Weekly dio a conocer un extraordinario e increíble caso de inseminación involuntaria presentado por el doctor T. G. Capers. Según el testimonio de este doctor, durante la batalla de Raymond, entablada junto al río Misissippi el 12 de mayo de 1863, un soldado, amigo personal del doctor Capers, fue herido por una bala que le atravesó el escroto, llevándosele el testículo izquierdo. Al parecer, la misma bala penetró en el abdomen de una muchacha de 17 años que estaba casualmente en el mismo paraje. Doscientos setenta y ocho días después, la muchacha dio a luz a un niño de casi cuatro kilos de peso, sin que en ese desenlace interviniese, según testimonio de la joven, más que la providencia. Lo que vino a corroborar la versión inocente que daba la muchacha fue que, tres semanas después, el mismo doctor Capers operaba al bebé, extrayéndole un cuerpo extraño, que resultó ser una bala idéntica a las que había utilizado el enemigo en la batalla ocurrida en el lugar nueve meses antes. El broche final de esta increíble pero al parecer verídica historia, fue que el escéptico soldado visitó a la madre de su supuesto hijo accidental y entre ambos surgió algo más que una afinidad, que pronto acabó en matrimonio. La pareja tendría después otros tres hijos, concebidos, eso sí, de una manera más voluntaria.



En 1954, el escritor de novelas de ciencia-ficción Lester del Rey escribió una novela corta que comenzaba con la frase: «La primera nave espacial aterrizó en la Luna y el comandante Armstrong salió de ella...». Quince años más tarde, el comandante Neil A. Armstrong se convertía en el primer hombre que pisó suelo lunar.



En su famosa obra Los viajes de Guíliver (1726), el escritor irlandés Jonathan Swift (1667-1745) mencionaba «dos estrellas menores o satélites que giraban alrededor de Marte», describiendo con asombrosa precisión sus proporciones y sus órbitas. Más de siglo y medio después, en 1877, las dos lunas de Marte, bautizadas con los nombres de Fobos y Deimos, fueron descubiertas oficialmente por el astrónomo estadounidense Asaph Hall (1829-1907).



El escritor estadounidense Mark Twain (1835-1910) nació el mismo año en que se produjo una de las cíclicas apariciones del famoso cometa Halley. Durante toda su vida, Twain repitió una y otra vez que ya que había venido al mundo con el cometa, se iría también con él. Y, en efecto, Mark Twain falleció el 21 de abril de 1910, poco después de que el cometa reapareciese.



Según los estudiosos de su obra, Jules Veme (1828-1905) anticipó los tanques en su novela La casa de vapor; el submarino en 20.000 leguas de viaje submarino; el lanzallamas en Ante la bandera y los satélites artificiales en Robur, el dueño del mundo. En el resto de sus obras describió además máquinas e invenciones que recuerdan con asombrosa precisión ingenios y actividades tan actuales como el helicóptero, la tortura por descargas eléctricas, las bombas de fragmentación, el cañón de largo alcance, los ingenios bélicos teledirigidos, las alambradas electrificadas, el cine sonoro, los rascacielos, la contaminación o la ciudad ecológica.



Pero en una de sus más sorprendentes novelas de anticipación, De la Tierra a la Luna (1865), completó una de sus predicciones más sorprendentes por la exactitud con que se cumpliría muchos años después. En esta novela, Verne comienza por situar en las Montañas Rocosas un telescopio de 5 metros de diámetro; ubicación y dimensiones idénticas a las que tuvo el primer telescopio del observatorio de Monte Palomar. En segundo lugar, en vez de elegir como potencias promotores del viaje espacial a Francia o Gran Bretaña, los dos países más poderosos de su época, escogió un hipotético club de fabricantes de armas de los Estados Unidos, que en los tiempos en que Julio Verne publicó esta novela era todavía una nación bastante atrasada, sumida en plena recuperación de las secuelas de su guerra civil recién finalizada. Este club sufraga los gastos de la expedición con una suscripción internacional a la que la primera nación que se adhiere es Rusia, con una fuerte participación, y la última, Espaiía, con una participación simbólica, porque, en palabras de Veme, «la ciencia no está muy bien vista en ese país que está aún un poco atrasado». Julio Veme situó el cañón de 300 metros, que en la novela propulsa el proyectil astronáutica enviado a la Luna, en Cabo Town, un lugar muy cercano al actual Cabo Cañaveral. En el cohete utilizado en el primer viaje experimental de la novela viajan dos animales, una ardilla y un gato; en la historia real de la cosmonáutica fue una perra, llamada Laika, el primer ser vivo en viajar al espacio. En la novela de Veme, el proyectil que definitivamente se dirige a la Luna se llama Columbiad y en él viajan tres hombres y dos perros, uno de los cuales muere y al ser lanzado al espacio, comienza a flotar, acompañando a la nave en torno a la Luna (hechos que la ciencia todavía ignoraba). Pero aún hay más. Verne concibe un método de refrigeración del aire de la nave mediante un sistema de circuito cerrado, provee a sus hombres de alimentos concentrados y corrige la trayectoria mediante cohetes auxiliares. Además, el vuelo de la nave sufre una peripecia que recuerda mucho a la del Apolo XI, cuyo módulo de comando (Columbia) depositó a dos hombres por primera vez en el suelo lunar: el bólido imaginado por Veme alcanzó la Luna en 97 horas, viajando a una velocidad media de 40.000 km/h; el Apolo XI viajó a 38.500, alunizando en 102 horas. El Apolo VIII, primer vehículo tripulado que situó a tres astronautas en órbita lunar tuvo un peso y una altura casi idénticos a los de la cápsula imaginada por Verne. Este mismo Apolo VIII cayó en su viaje de vuelta en el Pacífico, a unos 4 kilómetros de las coordenadas donde amerizó la nave de Veme; siendo rescatados ambos vehículos por barcos de la Marina estadounidense. En total, se trata de una asombrosa demostración de facultades premonitorias por parte del visionario novelista francés.



El 24 de septiembre de 1504, el médico y quiromántico boloñés Bartolomé Cociés moría a manos del hombre al que había vaticinado que cometería un asesinato en esa misma fecha.



David Janssen, el popular actor protagonista de la serie televisiva El fugitivo soñó que se veía a sí mismo dentro de un ataúd, muerto tras un ataque al corazón. Dos días después moría de un infarto.



Ed Sampson, redactor jefe del periódico estadounidense Boston Globe, soñó en agosto de 1883, durmiendo una borrachera, que la isla indonesia de Pralape era desolada por la erupción de un volcán, muriendo unas 36.000 personas. Su sueño le resultó tan real que, presuroso, publicó la noticia al día siguiente. Fue inmediatamente despedido al comprobarse que tal isla no existía. Sin embargo, un día después, se supo que un volcán había destruido la isla de Krakatoa, provocando un numero de víctimas muy próximo al soñado por Sampson. Indagaciones posteriores demostraron que Krakatoa se había llamado hasta el siglo XVII Pralape.



El mariscal de¡ aire británico Victor Goddard aseguró que un amigo suyo le había narrado un sueño en el que veía chocar un avión parecido al que él iba a pilotar al día siguiente. A pesar de que el mariscal quedó preocupado (más aun al comprobar que, a ultima hora, se añadía un séptimo pasajero, como ocurría en el sueño de su amigo), inició la misión y, efectivamente, se produjo un accidente. Afortunadamente, todos los pasajeros lograron sobrevivir.



El científico británico Roger Bacon (1214-1294) sugirió en la sección de matemáticas de su Opus Majus la posibilidad de que, navegando desde España al Occidente, se podría llegar a las Indias.



El industrial Jack Swimmer batió todos los récords de exactitud habidos y por haber en una predicción electoral al determinar de antemano el número exacto de votos que obtendría el candidato Dwight David Eisenhower (1890-1969) en las elecciones presidenciales estadounidenses de 1956. Swimmer entregó días antes de los comicios su predicción en la jefatura de policía de Los Angeles, junto a un cheque que donaría a la institución en caso de equivocarse; en ella constaban los 33.974.241 votos que realmente obtendría Eisenhower al ser reelegido para su segundo mandato, señalando incluso, en un alarde, que 2.875.637 de ellos corresponderían a California y 1.218.462 a Los Angeles, como así fue en la realidad.

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