miércoles, 30 de septiembre de 2009

Entrevista a Roberto Arlt


Roberto Arlt es la figura más inquietante del momento literario”, nos había dicho Mariani. Y allá fuimos. Casa de altos, habitación de escritor, modesto el hombre. Lo es tanto, que quisiera esconderse íntegro detrás de sus anteojos ahumados. Impuesto de nuestro objeto de que nos hable de los intelectuales del país, nos responde: –¡Pero eso es hacerlo hablar mal a uno de todo el mundo, señor! Luego agrega sonriente: –Si por cultura se entiende una psicología nacional y uniforme creada por la asimilación de conocimientos extranjeros y acompañada de una característica propia, esta cultura no existe en la Argentina. Aquí lo único que tenemos es un conocimiento superficial de libros extranjeros. Y en los autores una fuerza vaga, que no sabe en qué dirección expansionarse. Nos invita con un cigarrillo, que no aceptamos. –Por consiguiente –prosigue– no hay una cultura nacional. Y las obras que llamamos nacionales como el Martín Fierro, sólo le pueden interesar a un analfabeto. Ningún sujeto sensato podrá deleitarse con esa versada, parodia de coplas de ciego que ha enternecido según parece a los corifeos de la nueva sensibilidad. Se embute las manos en los bolsillos del sobretodo, después se sienta y se para, alternativamente. –En cambio –continúa–, los países que más activamente intervienen en nuestra formación intelectual son, sin disputa alguna, España, Francia y Rusia. Las literaturas inglesa y alemana no han encontrado traductores ni intereses en los editores. De allí que desconozcamos casi uno de los filones más importantes de cultura, que ha elevado la civilización de esos pueblos. Podríamos entonces dividir a los escritores argentinos en tres categorías: españolizantes, afrancesados y rusófilos. Entre los primeros encontramos a Banchs, Capdevila, Bernárdez, Borges; entre los afrancesados a Lugones, Obligado, Güiraldes, Córdova Iturburu, Nalé Roxlo, Lazcano Tegui, Mallea, Mariani en sus actuales tendencias; y entre los rusófilos, Castelnuovo, Eichelbaum, yo, Barletta, Eandi, Enrique González Tuñón y en general casi todos los individuos del grupo llamado de Boedo. –¿Alguna otra cosa de nuestros autores...? –Me gustan ciertos poemas de Lugones, Obligado, Córdova, Rega Molina, Olivari, aunque no me extrañaría, por ejemplo, que Lugones saliera un día escribiendo una novela sobre el conventillo, tan íntimamente está desorientado este hombre que dispone de un instrumento verbal muy bueno y de unos motivos tan ñoños. Rojas, creo que únicamente puede interesar a las ratas de biblioteca y a los estudiantes de filosofía y letras. Lynch y Quiroga me gustan mucho. Este último tiene antecedentes de literatura inglesa y se le podría filiar entre Kipling y Jack London por sus motivos. Pero eso no impide que sea con su barba una figura respetable... ¿Gálvez? ¡Yo no sé hacia dónde camina! Me da la sensación de ser un escritor que no tiene sobre qué escribir. Comenzó queriendo ser un Tolstoi y creo que terminará como un vulgar marqués de la Capránica haciendo novelones históricos. Francamente, creo que Gálvez no tiene nada que decir ya. ¡Larreta! Un señor de buena sociedad, con plata, que tarda en escribir una novela mediocre, Zogoibi, lo que otro tardaría en escribir una novela buena. Su único libro, La gloria de don Ramiro, no creo que lo autorice a este señor a hacerse festejar en todas partes como si fuera un genio. En realidad, Larreta es inferior a Manzoni y, quizá literariamente, uno de los escritores más hondos que tenemos. Hugo Wast se explica, porque tenemos catorce provincias y estas catorce provincias están habitadas por una colonia católica lacrimosa e insulsa. Su público es de maestras sentimentaloides. Todos estos prosistas serían en España, Francia e Italia escritores de quinto orden. Les falta “métier”, inquietudes, problemas, sensibilidad y todos los factores nerviosos necesarios para interesar a la gente. Dichos caballeros, salvo Quiroga y Lynch, lo que podrían hacer es dejar la pluma. Y la cultura nacional no perdería nada. Apenas si nos animamos a preguntar por quién sería, a su juicio, la personalidad más completa. –¡En nuestro país no existe ese espíritu! –contesta Arlt–. Candidatos a serlo aquí, en la Argentina, seríamos varios. Pero hay que trabajar y el que se va a poner las botas de potro aún no ha mostrado la uña... ¡Esperanzas! –¿Y los que más se aproximan? –Vean: como cuentista Quiroga, novelista, Larreta; poeta, Lugones; ensayista, Rojas. ¡Todo esto aquí, en la Argentina, entendámonos! Y por el actual momento. –¿Hemos recibido algo digno de estima del pasado? –El tiempo no nos ha legado nada. Sólo material para interesarle a un erudito alemán. –Del presente, ¿quedará algo? –Güiraldes con su Don Segundo Sombra; Larreta con La gloria de don Ramiro; Castelnuovo con Tinieblas; yo con El juguete rabioso; Mallea con Cuentos para una inglesa desesperada. De estos libros algo va a quedar. El resto se hunde. “¿Escritores que tienen más fama de lo que merecen?” –parafrasea la interrogación nuestro entrevistado–. Pues Larreta, Ortiz Echagüe, que no es escritor ni nada; Cancela, que se ha hecho el tren con el suplemento literario de La Nación; Borges, que no tiene obra todavía. Hay otros escritores que merecerían ser odiados por nuestra juventud y uno de éstos es Lugones. Los hay sobre los que pienso gratuitamente mal, a saber: Fernández Moreno, que no es poeta, además; Samuel Glusberg, que es el más empedernido “lacayo” de Lugones y Capdevila, que es un tío gordo. Discutimos un poco sobre los muchachos. –De las nuevas tendencias que están agrupadas bajo el nombre de Florida –dice Arlt–, me interesan estos escritores: Amado Villar, que creo encierra un poeta exquisito, Bernárdez, Mallea, Mastronardi, Olivari y Alberto Pinetta. Esta gente, por todo lo que hasta ahora ha hecho, con excepción de Mallea y Villar, no se sabe a dónde va ni lo que quiere. Los libros más interesantes de este grupo son Cuentos para una inglesa desesperada, Tierra amanecida, La musa de la mala pata y Miseria de 5ª edición. De Bernárdez podría citar algunos poemas y de Borges unos ensayos. En el grupo llamado de Boedo encontramos a Castelnuovo, Mariani, Eandi, yo y Barletta. La característica de este grupo sería su interés por el sufrimiento humano, su desprecio por el arte de quincalla, la honradez con que ha realizado lo que estaba al alcance de su mano y la inquietud que en algunas páginas de estos autores se encuentra y que los salvará del olvido. Cuando las nuevas generaciones vengan y puedan leer algo de todo lo que se ha escrito en estos años, se dirá: “¿Cómo hicieron esos tipos para no dejarse contagiar por esa ola de modernismo que dominaba en todas partes?”. Entendería como escritores desorientados –añade– a aquellos que tienen una herramienta para trabajar, pero a quienes les falta material sobre el que desarrollar sus habilidades. Estos son Bernárdez, Borges, Mariani, Córdova Iturburu, Raúl González Tuñón, Pondal Ríos. Esta desorientación yo la atribuiría a la falta de dos elementos importantes. La falta de un problema religioso y social coordinado en estos hombres. ¿Pruebas? Mariani es un escritor en Los cuentos de la oficina y otro tipo de escritor en El amor agresivo y finalmente muy diverso en los cuentos que ha publicado últimamente en La Nación. Igual de Raúl González Tuñón. El violín del diablo parece ser obra de un escritor distinto al autor de Miércoles de Ceniza. Borges ha perdido tanto el tino que ahora está escribiendo... un sainete. ¡Imagínense cómo saldrá eso! Si se me preguntara por qué ocurre esto, yo contestaría que lo atribuyo a que estos hombres tienen inquietudes intelectuales y estéticas y no espirituales e instintivas. Esta gente, a excepción de Mariani, no cree que el arte tenga nada que ver con el problema social, ni tampoco con el problema religioso. Y entonces trabaja con pocos elementos, fríos y derivados de otras literaturas de decadencia. Arlt describe una graciosa reverencia. –¿Qué opino de mí mismo? Que soy un individuo inquieto y angustiado por este permanente problema: de qué modo debe vivir el hombre para ser feliz, o mejor dicho, de qué modo debería vivir yo para ser completamente dichoso. Como uno no puede hacer de su vida un laboratorio de ensayos por falta de tiempo, dinero y cultura, desdoblo de mis deseos personajes imaginarios que trato de novelar. Al novelar estos personajes comprendo si yo, Roberto Arlt, viviendo del modo A, B o C, sería o no feliz. Para realizar esto no sigo ninguna técnica, ni ella me interesa. Mariani, mi buen amigo, me ha aconsejado siempre el uso de un plan, pero cuando he intentado hacerlo he comprobado que, a la media hora, me aparto por completo de lo que proyecté. Lo único que sé es que el personaje se forma en lo subconsciente de uno como el niño en el vientre de la mujer. Que este personaje tiene a veces intereses contrarios a los planes de la novela, que realiza actos tan estrafalarios que uno como hombre se asombra de contener tales fantasmas. En síntesis, este trabajo de componer novelas, soñar y andar a las cavilaciones con monigotes interiores, es muy divertido y seductor. –¿A qué público de hombres y mujeres se dirige? –Al que tenga mis problemas. Es decir: de qué modo se puede vivir feliz, dentro o fuera de la ley. –¿Le interesa un número amplio o reducido y selecto? –Eso es secundario. Ni muchos ni pocos lectores me harán mejor ni peor de lo que soy. Al batirnos en retirada, nos obsequia Arlt con este discurso: –Tengo una fe inquebrantable en mi porvenir de escritor. Me he comparado con casi todos los del ambiente y he visto que toda esta buena gente tenía preocupación estética o humana, pero no en sí mismos, sino respecto de los otros. Esta especie de generosidad es tan fatal para el escritor, del mismo modo que le sería fatal a un hombre que quisiera hacer fortuna ser tan honrado con los bienes de otro como con los suyos. Creo que en esto les llevo ventaja a todos. Soy un perfecto egoísta. La felicidad del hombre y de la humanidad no me interesan un pepino. Pero en cambio el problema de mi felicidad me interesa tan enormemente, que siempre que lance una novela, los otros, aunque no quieran, tendrán que interesarse en la forma en que resuelven sus problemas mis personajes, que son pedazos de mí mismo. Aquí los escritores viven más o menos felices. Nadie tiene problemas, a no ser las pavadas de si se ha de rimar o no. En definitiva, todos viven una existencia tan tibia que un sujeto que tiene problemas, acaba por decirse: “La Argentina es una jauja. El primero que haga un poco de psicología y de cosas extrañas, se meterá en el bolsillo a esta

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